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	<title>Télam - Sección Imposible</title>
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		<title>49 &#8211; Clemencia</title>
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		<pubDate>Mon, 07 May 2012 17:10:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teodoro Boot</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>

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		<description><![CDATA[<span class="image-rss"><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/05/07/49-clemencia/"><img title="49 &#8211; Clemencia" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/05/49_clemencia.jpg" alt="49 &#8211; Clemencia" width="200" height="170" /></a></span><br/>Incentivado por el elogio del ingeniero Quintana Jacobaci, Saporiti, convencido del “sólido contenido dogmático” de sus efemérides, perdió el último resto de sentido común que todavía le quedaba, hundiéndome cada vez más en la sensación de irrealidad que me provoca mi trabajo periodístico. Si ustedes creen advertir una contradicción en lo que acabo de decir, [&#8230;] <a class="more-link" href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/05/07/49-clemencia/">&#8595; Read the rest of this entry...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<span class="image-rss"><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/05/07/49-clemencia/"><img title="49 &#8211; Clemencia" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/05/49_clemencia.jpg" alt="49 &#8211; Clemencia" width="200" height="170" /></a></span><br/><p style="text-align: center;"><img class="aligncenter size-full wp-image-1307" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/05/49_clemencia.jpg" alt="" width="540" height="460" /></p>
Incentivado por el elogio del ingeniero Quintana Jacobaci, Saporiti, convencido del “sólido contenido dogmático” de sus efemérides, perdió el último resto de sentido común que todavía le quedaba, hundiéndome cada vez más en la sensación de irrealidad que me provoca mi trabajo periodístico.

Si ustedes creen advertir una contradicción en lo que acabo de decir, creyendo que el trabajo en una revista de actualidad puede provocar cualquier cosa menos sensación de irrealidad, es porque no conocen nada de periodismo ni, mucho menos, de esta revista.

Todo habría ido bien de haber seguido en la sección policiales, pero Mariani no puede verme tranquilo y relativamente feliz. Aprovechando la aversión del director Quintana Jacobaci a cualquier referencia al mundo exterior, que viene a ser todo cuanto ocurre más allá de las paredes de este edificio, Mariani reemplazó la sección policiales por los relatos de viejos casos surgidos de las memorias del comisario Petorutti, ilustrados por <a title="14 – Perfidia cordobesa" href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2011/07/25/14-perfidia-cordobesa/">Ramón Palonski</a>, un dibujante cordobés que dice ser primo de un famoso cineasta.

El principal inconveniente de esos relatos es que tengo que escribirlos yo, pero hasta aquí, fuera de algunas enojosas complicaciones con la <a title="20 – Federal en comisión" href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2011/09/05/20-federal-en-comision/">ley</a> y <a title="33 – La patota del geriátrico" href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2011/12/05/33-la-patota-del-geriatrico/">la justicia</a> provocadas por el entusiasmo del comisario, aun la imposible tarea de escribir sus memorias habría mantenido las cosas dentro de la normalidad, pero las frecuentes ausencias –físicas y mentales– de Petorutti y la desaparición del dibujante cordobés llevaron a que Mariani decidiera ascenderme a editor de varias secciones.

Naturalmente, sin aumentarme el sueldo.<span id="more-1306"></span>

Un editor viene a ser una suerte de embudo o desagüe cloacal en el que desembocan desechos de diverso tipo y del que debe salir algo medianamente comprensible y coherente; una función muy semejante a la que cumple en un frigorífico una máquina de fabricar salchichas…

Un ruido seco me sobresaltó. Abrí los ojos y me incorporé a medias en el diván.<img class="size-full wp-image-1225 alignright" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/03/garofalo_espejo.jpg" alt="" width="220" height="220" />

–Eh, eh –decía el doctor <a title="45 – Una cita con Garófalo" href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/19/una-cita-con-garofalo/">Garófalo</a>– ¿Qué pasó?

–Que se le cayó el cuaderno –dije–. Se quedó dormido.

–¡Cómo se le ocurre!– se indignó el doctor.

–¿A no? ¿Y qué le estaba contando?

Revisó sus notas:

–Que usted se siente una máquina de fabricar salchichas –se echó atrás en el sillón, cruzó su pierna derecha sobre la izquierda y se acomodó los anteojos–. De comerlas, más bien –me pareció escuchar.

Deseché la idea: el doctor no podía haber hecho ese comentario.

–¿Cree tener alguna clase de enfermedad profesional? –preguntó.

No era una mala idea: de conseguir demostrarlo podría tener unos meses de licencia o hasta tramitar una jubilación por invalidez…

–¿Todos los editores se creen máquinas de fabricar salchichas?

No supe qué responder. No creo que muchos editores tengan que transformar en algo legible lo poco que el Alzheimer deja de las memorias del comisario Petorutti, por no mencionar los horóscopos plagados de insinuaciones y frases de doble sentido de Lucrecia, un ex barrabrava con ínfulas de Mirta Legrand, o la misantropía neurasténica de los consejos para la salud de Ferraresi. Pero lo peor es Saporiti…

–¿Qué le pasa con Saporiti? No dejó de nombrarlo desde que empezamos la sesión.

Busqué en mi bolsillo, del que extraje el papel que había abollado y después busqué en el cesto de basura, para conservar como evidencia. Leí: “1975. Nace en Santa Fe Evelyn Mastrángelo. Docente y artista plástica recibida en el instituto superior de Bellas Artes de Rosario, es unánimemente aclamada por la plenitud y belleza de sus formas”.

–¿De las formas de qué? –preguntó Garófalo, que debía haber vuelto a distraerse.

–De las formas de ella.

Garófalo parpadeó.

–¿Qué ella?

–Ella, la artista.

–No entiendo. ¿Quién es Evelyn Mastrángelo?

–¡Una mina que Saporiti se quiere levantar!

–Tranquilícese y vuelva al diván –dijo Garófalo con suavidad, aunque sin poder disimular el temor. Me había incorporado de un salto y resoplaba a menos de diez centímetros suyo, dispuesto a estrangularlo como si el pobre psiquiatra fuera el mismísimo Saporiti.

&nbsp;

–Supongo que habrá hecho algo digno de mención… –sugirió Garófalo luego de comprobar que, nuevamente tendido en el diván, yo había empezado a serenarme.

Me alcé de hombros.

<img class="alignleft size-full wp-image-885" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/11/detalle-monti1.jpg" alt="" width="200" height="238" />–Sí, algo hizo. Mejor dicho, <em>le hizo</em> a Saporiti, pero no se puede mencionar.

–¿Por…?

–¡Porque la revista es para todo público! –grité–. ¿Entiende por qué me vuelve loco?

–Supongo que se refiere a Saporiti…

–Sí. Y no crea que se conforma con escribir efemérides de las minas que se quiere levantar.

–Es un recurso ingenioso… –sonrió Garófalo.

–¡Es un recurso de morondanga! ¿No se da cuenta? ¡Está loco!

Garófalo revisó sus notas.

–Hace un minuto dijo que <em>él</em> lo volvía loco <em>a usted</em>.

–Sí.

Garófalo me miró en silencio durante una eternidad.

–Sí –repetí– me vuelve loco.

–¿Quién estará loco, entonces? –volvió a murmurar.

Debió ser otra alucinación auditiva. El loco es obviamente Saporiti. Nadie en su sano juicio le pudo haber tomado tirria a López y Planes…

–¿A quién? –se extrañó Garófalo.

–A Vicente López y Planes.

–¿El autor del himno?

¿Qué podía responder?

–Sí y no –dije–. Para usted, para mí y millones de argentinos de los últimos doscientos años, Vicente López y Planes fue el autor del himno, pero como Saporiti le agarró bronca…

–¿¡A Vicente López!?

–…en sus efemérides el autor del himno es Contursi.

–¿Padre o hijo? –preguntó Garófalo.

–Pascual, creo. Y mientras todos los días encuentra alguna hazaña de Independiente para recordar, Racing no existe ni existió jamás, Banfield es una excrecencia de Independiente y Arsenal un depósito de municiones del Ejército Argentino.

–Es un poco extraño –carraspeó Garófalo.

–Y desde que el ingeniero Quintana Jacobaci elogió sus efemérides se volvió insoportable.

–No será para tanto.

–¿Ah, no? ¿Sabía usted que el primero de mayo es feriado en la mayoría de los países del mundo en recuerdo de un gol que Ricardo Enrique Bochini le hizo a Nueva Chicago? ¿Qué no es el Día de los Trabajadores sino el Día Internacional del Gol?

–¡Qué bárbaro! –exclamó Garófalo– Saporiti está mal de la cabeza…

–Es lo que yo digo.

–El Día Internacional del Gol no es el primero sino el 13 de mayo, fecha en que Arsenio Pastor Erico, máximo goleador de la historia del futbol argentino, convirtió su primer gol con la camiseta de Independiente.

–Usted también…<img class="alignright size-full wp-image-286" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/06/Quintana-240.jpg" alt="" width="168" height="221" />

–Me estoy limitando a dar un dato objetivo –aclaró Garófalo. Volvió a revisar su cuaderno de notas– Pero veo que no es por Saporiti que lo mandaron a verme, sino por haber querido asfixiar al ingeniero Quintana Jacobaci.

–Fue un accidente.

–Es lo que dicen todos –murmuró Garófalo.

Me incorporé a medias en el diván.

–¿Qué dijo?

–Que me cuente qué es lo que sucedió.

Me volví a recostar.

–Bajábamos en el ascensor cuando Saporiti tiró de la cuerda del air bag…

–¿Para qué lleva Saporiti un air bag en un ascensor?

–No era Saporiti. Yo llevaba el air bag…

El semblante de Garófalo se ensombreció. Frunció el ceño y tomó de su escritorio el talonario de recetas.

–Le voy a prescribir un calmante y sugeriré a su empresa su internación en una clínica especializada.

Asentí.

–Me parece muy bien. Le pediré las efemérides a Ferraresi o las haré yo mismo.

–Me parece que no me entendió –murmuró Garófalo. Se puso de pie, metió unos papeles en un sobre y me lo alcanzó junto a la receta– Tome estos comprimidos, dos veces al día, uno luego del almuerzo y otro después de la cena, y entréguele este sobre a su jefe ¿Cómo se llama?

–Monti.

Garófalo se detuvo con la lapicera en el aire y me miró por encima de sus anteojos.

–Ya lo sé. Le preguntaba cómo se llama su jefe.

–Mariani –aclaré.

“A la atención del señor Mariani”, escribió Garófalo en el sobre.

–Déselo a Mariani, hoy mismo de ser posible. Y no deje de tomar los comprimidos.

Feliz ante la perspectiva de librarme de Saporiti, que sería internado en una institución especializada en alcoholismo, regresé ese día a la revista con ánimo alegre y entusiasta. Sin embargo, no bien salí del ascensor en el octavo piso, me encontré con el ingeniero Quintana Jacobaci, que se disponía a bajar acompañado de una nutrida comitiva.

–¡Se nos han perdido los dos artistas plásticos! –decía el ingeniero cuando reparó en mí. Dio instintivamente un paso atrás, y me miró con temor.

<img class="alignleft size-full wp-image-567" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/09/mariani_d.jpg" alt="" width="168" height="215" />–Venga con nosotros –me dijo Mariani.

–¡Pero por las escaleras! –ordenó Quintana–, no sea cosa que siga con alguno de sus endemoniados adminículos.

–¿A dónde vamos?

–Al quinto piso –contestó Mariani– Saporiti dice haber visto ahí al artista plástico contratado por el señor director.

–Para pintar mi retrato al óleo –aclaró Quintana Jacobaci mientras a su lado Saporiti asentía, no supe muy bien a qué.

Quintana y su comitiva entraron al ascensor y yo permanecí varios segundos inmóvil, con el sobre en la mano, sin saber muy bien qué hacer. La sala de redacción estaba vacía y hasta Rosita había desaparecido. Quedaba tan sólo Miss Copley, que aprovechaba la ausencia de Saporiti para regodearse con el contenido de su <a title="41 – El cuidado de su salud" href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/02/13/41-el-cuidado-de-su-salud/">petaca</a>, de manera que opté por descender los tres pisos por la escalera para sumarme a la búsqueda del misterioso artista. De paso, vería a la bella Lena Hernández, quien tal vez me diera noticias de Cecilia.

El lugar de trabajo de Lena en el quinto piso consta de dos pequeños ambientes ocupados, uno por Lena, y el otro por Clemencia, un bull dog con peluca especializado en política internacional.

Justamente ante el bull dog parecía vacilar un lívido Quintana Jacobaci cuando llegué a su lado. Instintivamente, sin pensar que podía venir metido en un air bag, Quintana se aferró de mi brazo.

–¿Quién es esta horrenda mujer? –susurró.

–Clemencia Laborde.

–¿La célebre columnista internacional?

Clemencia asintió, sonrojándose levemente, a su pesar.

La sorpresa hizo que Quintana Jacobaci olvidara su proverbial caballerosidad.

–¡Pero ha engordado como sesenta kilos!  Pensé que había muerto –agregó por lo bajo.

Pero la mayor sorpresa la recibió el ingeniero al enterarse de que Clemencia seguía trabajando en <em>su</em> revista.

–¿Y por qué no escribe? –me preguntó.

–¿Yo?

–Escribe, pero no le publicamos –intervino Mariani.

–Me imagino. Cómo le vamos a publicar sus notas si esa mujer es comunista.

–Ya no hay comunistas, ingeniero.

–¿No? –se extrañó Quintana Jacobaci– ¿Contra quién peleamos entonces?

Todavía no recuperado de la sorpresa, el ingeniero insistía en preguntarme a mí. Quise apartarme de su lado, pero me seguía aferrando el brazo con desesperación.

–Me imagino que no le pagamos el sueldo…

–Si no le pagáramos nos haría juicio y echarla cuesta muy caro –apuntó Mariani–. Además, mientras trabaje para nosotros no podrá escribir en ningún otro lado.

A través de la mampara de acrílico había entrevisto la inconfundible silueta de Lena Hernández, de manera que me aparté del grupo mientras el ingeniero Quintana Jacobaci ronroneaba satisfecho de su contribución al mantenimiento de la ley, el orden y los valores establecidos.

–Lena… –empecé a decir, cuando el celular vibró en mi bolsillo.

–¿Qué hace en mi casa? –preguntó en el teléfono el comisario Petorutti.<img class="alignright size-full wp-image-570" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/09/Petorutti-porl.jpg" alt="" width="200" height="198" />

Repuse que no estaba en su casa.

–No me quiera engañar, Delmonte, porque yo acabo de llamar a mi casa y atiende usted.

–Comisario –dije con la mayo dosis de paciencia que a esa altura era capaz de conservar– usted me llamó a mí, no a su casa.

–¡Mire si será atrevido! –exclamó el comisario– Ahora resulta que usted me va a explicar a mí con quién quiero hablar.

Seguramente para librarse del desconcierto que le había provocado descubrir a la desparecida columnista Clemencia Laborde entre su planta periodística, Quintana Jacobaci me hizo señas de que le pasara la comunicación.

–Le voy a dar con el ingeniero Quintana Jacobaci –advertí al comisario.

–¿El de la Patagonia? ¿Y se puede saber qué están haciendo ustedes en mi casa?

Me abstuve de contestar y le di el celular al ingeniero.

–Mirá si sos pavo –me decía en ese momento Lena, que se nos había aproximado indiferente a los estragos que su presencia provocaba en un espíritu tierno y sensible como el del Niño Ramírez, que de gemir había pasado a hipar– ¿por qué no te dejás de jorobar y volvés con Cecilia?

Estaba por responder que mi problema en casa no era Cecilia, sino la presencia ominosa de mi suegro, cuando me sobresaltó la exclamación de Quintana Jacobaci.

–¡Extraordinaria iniciativa!

Quintana me entregó el celular y con un gesto casi imperceptible llamó a Mariani.

–¿Qué pasó? ¿Qué pasó? –preguntaba el Comisario.

–Enrique dice que te perdona –prosiguió Lena.

–¿¡Qué me perdona!? Lo único que faltaba. ¿Te das cuenta de que lo tengo que matar?

–No me doy cuenta… –vaciló Petorutti–. Y le recuerdo, joven, que está hablando con un oficial superior de la  Policía Federal Argentina.

–Muy buena idea –decía Mariani, aferrándome del brazo–. Lo felicito, señor director.

–Oh, no es nada –farfulló el ingeniero–, apenas si un modesto arrebato de genialidad.

–El señor director –anunció Mariani con aires de presentador de box del Madison Square Garden– ha decidido dar a la célebre periodista Clemencia Laborde, aquí presente, una columna permanente en nuestra publicación.

–¿Sí? –se interesó Clemencia, que llevaba más de diez años escribiendo semanalmente su columna sobre política internacional sin que ninguna de ellas fuera publicada.

–Sí –confirmó Mariani–. El señor director ha decidido incorporar una nueva sección permanente, que tu pluma contribuirá a enaltecer.

–¿Sobre qué?

–¡Un santoral!

–Cómo un… pero si yo…, pero yo –decía Clemencia–… soy atea.

–Es un detalle sin importancia –intervino Quintana Jacobaci–. Tome en cuenta que yo también soy un poco librepensador.

–Y no se trata de Dios sino de los santos –apuntó Mariani.

–De ahora en más, señorita Laborde, usted preparará una edificante hagiografía cada semana…

–La sección se llamará Vidas inspiradoras –agregó Mariani.

–Y como bien señala Mariani –prosiguió Quintana–, cualquier inconveniente será subsanado por nuestro talentoso Monti, el editor en jefe de la nueva sección.

–¿Qué pasa Delmonte? –preguntaba el comisario desde el celular– ¿Sigue ahí?

–¡No soy Delmonte!

–Ya lo sé –dijo el doctor Garófalo, que se había incorporado y, de pie junto al diván, me miraba con preocupación–. Y deje de gritar, por favor.

–¡No estoy gritando!

–Cállese –me reprendió Garófalo–, que los vecinos van a pensar que practico abortos.

–¿Qué?

–Al fin de cuentas –prosiguió–, no es para tanto.

–¿Ah no? –revisé en uno de mis bolsillos y saqué otro papelito, también arrugado, como los de la sesión anterior. Leí:

–“San Bogomilio, ermitaño, muerto en el año 1182<em>. </em>Su nombre significa “amigo de Dios”. A pesar de que Dios no significa “amigo de Bogomilio”, nuestro santo ejerció su unilateral amistad como arzobispo de Gneses y luego como ermitaño, en el silencio y la soledad”.

Garófalo retrocedió, volviendo a su sillón. Proseguí leyendo:

–“San Oliverio Plunket. Mártir, muerto en 1681.<em> </em>Sacerdote irlandés que Irlanda mandó a Roma y que Roma devolvió a Irlanda como arzobispo de Armagh. Se hizo santo cuando la Inglaterra protestante se lo reenvió a Dios, pero sin cabeza”.

–¿Qué?

–“Santa Aldegonda, monja, muerta en el año 648. Hermana de santa Valtrudis, hija de san Walbert y santa Bertila, esta santa por costumbre familiar profesó en su convento de Maubeuge. En un rapto de masoquismo, Aldegonda pidió a Dios morir de cáncer. Su deseo fue satisfecho. Desde entonces es invocada contra ese mal, razón por la que sigue siendo fatal”.

Bajé el papel y miré a Garófalo.

–¿Quiere que siga?

–No –dijo Garófalo–. Mejor lo dejamos ahí y nos tomamos una copa.]]></content:encoded>
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		<title>48 &#8211; El derecho a una respuesta</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Apr 2012 15:56:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teodoro Boot</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<span class="image-rss"><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/04/23/48-el-derecho-a-una-respuesta/"><img title="48 &#8211; El derecho a una respuesta" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/04/48-El_derecho_a_una_respuesta.jpg" alt="48 &#8211; El derecho a una respuesta" width="200" height="200" /></a></span><br/>Moví el Mouse, desapareció el protector de pantalla y leí: &#160; “1695. Muere en la ciudad de México sor Juana Inés de la Cruz. ”Monja, poeta y escritora, cultivó la lírica, la prosa, el teatro y el auto sacramental y fue una de las grandes representantes del Siglo de Oro español. Había nacido en San [&#8230;] <a class="more-link" href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/04/23/48-el-derecho-a-una-respuesta/">&#8595; Read the rest of this entry...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<span class="image-rss"><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/04/23/48-el-derecho-a-una-respuesta/"><img title="48 &#8211; El derecho a una respuesta" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/04/48-El_derecho_a_una_respuesta.jpg" alt="48 &#8211; El derecho a una respuesta" width="200" height="200" /></a></span><br/><strong><img class="aligncenter size-full wp-image-1282" title="48 - El derecho a una respuesta" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/04/48-El_derecho_a_una_respuesta.jpg" alt="" width="540" height="540" /></strong>

Moví el Mouse, desapareció el protector de pantalla y leí:

&nbsp;

“1695. Muere en la ciudad de México sor Juana Inés de la Cruz.

”Monja, poeta y escritora, cultivó la lírica, la prosa, el teatro y el auto sacramental y fue una de las grandes representantes del Siglo de Oro español. Había nacido en San Miguel Nepantla el 12 de noviembre de 1651 con el nombre de Juan José de Asbaje y Ramírez de Santillana”.

&nbsp;

Cerré los ojos, inspiré profundo, exhalé lenta y prolongadamente, conté hasta diez y por último, grité:

–¡Saporiti!

El redactor de la sección efemérides no podía oírme, siete pisos más abajo.

–Si usás el teléfono vamos a estar todos más tranquilos –murmuró el Flaco Ferraresi, molesto conmigo desde que había regresado de Mar del Plata con su ex novia para ser detenido por un agente policial en la puerta misma de su departamento. “Buscaban a un energúmeno que quiso matar a dos albañiles”, comentó con resentimiento. “Mi novia se puso tan nerviosa que volvió con el marido”.

–¿Quiere que se lo llame? –preguntó solícito el Niño Ramírez, que no dejaba de mirarme desde que advirtiera mi ojo en compota, convencido de que yo también había sido víctima del misterioso energúmeno. Y, en cierta manera, no se equivocaba.<span id="more-1278"></span>

&nbsp;

<img class="alignleft size-full wp-image-341" title="ferraresi-2" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/07/ferraresi-2.jpg" alt="" width="200" height="272" />El viernes anterior, después de permanecer oculto varias horas en la cochera del edificio de Ferraresi, volví a su departamento para intentar dormir un rato, no sin antes tomar la precaución de bajar las persianas, para no ser sorprendido a la mañana siguiente por los albañiles.  Todo hubiera ido de maravillas, de no ser por uno de esos fatídicos momentos de distracción que tiene cualquiera.

Fue por la mañana, cuando me disponía a salir. Me coloqué la campera para andar en moto que me había prestado el novio de mi hija, alcé el casco, recogí el llavero y cuando ya alcanzaba el picaporte, sonó el timbre, de manera que, sin espiar por la mirilla ni preguntar quién era, abrí la puerta con toda naturalidad y me encontré cara a cara con dos albañiles.

–Venimos a pintar las ventanas de adentro –dijo uno de ellos.

El otro empezó a retroceder:

–Tavy... ¡Poroju‑káva! ¡Loco! ¡A‑sesino!

Antes de que el primero alcanzara a reaccionar, cerré la puerta detrás mío y corrí hacia el ascensor, que los albañiles habían dejado providencialmente abierto. Hubo una breve refriega, que zanjé revoleando el casco, y conseguí llegar al ascensor. Si bien en su momento no sentí el golpe, el mango de un pincel me había pegado en el pómulo, de lo que daba fe mi cara llena de pintura sintética. Me limpié como pude ante el espejo del ascensor, me coloqué el casco y escapé raudamente montado en mi bicicleta a motor. El casco y la campera con air bag me daban una gran seguridad.<!--more-->

Ustedes se preguntarán qué es o, más bien, cómo funciona una campera con air bag. Y si ustedes no se lo preguntan, yo sí lo hice.

–¿Y cómo sabe la campera que estoy por chocar?

Mi hija Estela me dedicó una de sus miradas de desprecio. Su novio disimuló su incomodidad con una risita.

–No lo sabe, claro. Lo que pasa es que esta soguita –me mostró un cordel que colgaba de uno de los lados de la campera– va unida a la moto...

–A la bicicleta –precisó Estela.

El novio carraspeó.

–Es lo mismo. Va unida a la moto, o bicicleta. Cuando te caés, si la soga sigue unida a la moto, funciona el air bag.

–¿Pero dónde está el...coso ese?

–Adentro de la campera –explicó el joven con asombrosa paciencia–, entre el forro y el cuero.

–Símil cuero –murmuré.

–Y el forro… –repitió pensativamente Estela.

–El casco también tiene un air bag de cuello –agregó.

–Me pregunto cómo tu viejo se pudo matar con esta campera y el casco…

El joven me miró en silencio unos segundos.

–No los estaba usando. Venía del encuentro anual de motociclistas en Entre Ríos –explicó, como si eso tuviera algún significado especial–, pero hubiera sido lo mismo. Si te estrellás a 250 kilómetros…

–Claro, más despacio….

Se alzó de hombros.

–La única diferencia que hay entre ir en moto y chocar a 90 kilómetros por hora o a 250 está en si después te reconocen o no.

–Me imagino –dije preguntándome si no sería aún peor estrellarse a 30 kilómetros por hora, aunque inmediatamente pensé que a esa velocidad los air bags tal vez tendrían alguna utilidad. Y así, tranquilizado por esa irracional sensación de seguridad, esa mañana aceleré al máximo el motorcito de mi bicicleta y la lancé contra el grupo de albañiles que se había congregado frente a la puerta del edificio.

No hubo que lamentar víctimas ni ulteriores consecuencias, fuera del contratiempo de Ferraresi, detenido por al agente de policía apostado frente a su departamento debido al axioma según el cual el delincuente siempre regresa al lugar del crimen.

La atiplada voz del Niño Ramírez me sacó de mi ensimismamiento:

–Señor Monti, Saporiti dice que ya está subiendo.

–¿Adónde? –pregunté, todavía distraído.<img class="alignright size-full wp-image-117" title="ninio-ramirez-solo-ch" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/05/ninio-ramirez-solo-ch.jpg" alt="" width="200" height="219" />

–Le dije que usted quería verlo –vaciló Ramírez–, por teléfono.

–¿Por teléfono?

–Sí, le dije.

–¿Por qué iba a verlo por teléfono?

El Niño empezó a tartamudear. Mientras yo seguía tratando de entender qué quería decirme, el celular vibró en mi bolsillo.

–¿Ninguém pensa que poble Antoñita não consegue dolmil? –preguntó el indignado señor Wong, de la Gran Agencia Chino‑lusitana de Noticias con sede en Liberia.

–No, por teléfono le dije…

Mediante una seña le pedí silencio al Niño Ramírez y traté de concentrarme en el señor Wong.

–¿Qué Antoñita?

–Macli.

–¿Macri? ¿Qué le pasa ahora con Macri?

–¿É suldo?

–¿¡Zurdo!? –exclamé– ¿¡Macri!?

Ferraresi apartó la vista del protector de pantalla de su monitor en el que llevaba extasiado más de una hora y se volvió con interés.

–¿Con quién habla?  –preguntó Ramírez.

–Con Hitler, evidentemente –repuso Ferraresi.

–¿Não escuta bem? –decía cada vez más exaltado el señor Wong– Antoñita não consegue dolmil devido a petlolela YPF.

–De Vido es el ministro de Planificación...

–¡Você é um bulo! Não complende nada.

Traté de tranquilizarlo, de manera  de poder entender qué diablos quería decirme.

–A ver, explíqueme.

–Eso mismo quelía senador Molales, pelo labino malsista...

–¿Marxista? –exclamé– ¿Qué marxista?

–Sí, habla con Hitler –comentó Ferraresi.

<img class="alignleft size-full wp-image-377" title="wong" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/07/wong.jpg" alt="" width="250" height="205" />–Shhh, não glite –susurró el señor Wong– Labino, dije. Eu não tem ploblema com labinos malsistas. Pelo senadol Molales quel sabel pol qué govelno nacionalizou ahola petlolela YPF.

–Bueno, me parece lógico que quiera saber...

–¿En serio que es Hitler? –preguntó ansioso el Niño Ramírez.

–No digás pavadas –repuse por lo bajo.

–¿Pavadas? ¿O que é uma pavada?

Pedí disculpas al señor Wong y le solicité que me explicara el motivo de su inquietud.

–Labino malsista respondeu com uma estranha pelgunta: ¿pol qué foi a revolução de Maio en 1810 e não antes o depois?

–¿Por qué la revolución de mayo fue en 1810? –repetí.

–Sim ¿e por qué isso foi em maio, e não en abril?

–¿Por qué la  Revolución de Mayo no fue en abril?

–Porque sería otra revolución –comentó displicente Ferraresi–, la Revolución de Abril.

–Callate –susurré.

Los teléfonos celulares son extremadamente sensibles.

–¿Você quer me calar?

–No, no...

–Peliodista Lanata tem lazón. Os podelosos abusan do flacos.

¿Flacos? Hace varios años que pasé de los cien kilos, aunque me niegue a admitirlo. Había algo mal ahí.

–Débiles – aclaró el señor Wong.

–¿¡Débiles!? ¿Usted es el débil?

–Sim. Eso diz peliodista Lanata. E labino malsista abussa do débil senadol Molales e do debil Lepsol.

–¿Cómo que abusa? ¿A qué se refiere señor Wong?

– Não sexualmente –aclaró el señor Wong–, pelo labino abussa igual que David abussó do Goliat.

–Goliat era el fuerte...

–¡Mentila populista! –me cortó el señor Wong– Golias ela o flaco, explicou peliodista Lanata. Não tinha honda ¡Estava desarmado! David se aproveitou.

El señor Wong parecía muy excitado.

–Labino malsista não explicou o senador e agola o senadol não pos dolmil

No conseguía entender qué tenía tan revioso al señor Wong, , pero justo en ese momento Saporiti salía del ascensor. Recordé a sor Juana Inés de la Cruz y una bola de fuego comenzó a subir a lo largo de mi esófago.

–¡Algentina e Sodoma e Gomola! ¡Um mundo de clueldade para com os débiles!

Hice una seña a Saporiti para que se acercara.

<img class="alignright size-full wp-image-887" title="saporiti" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/11/saporiti1.jpg" alt="" width="200" height="207" />–¿Pero de qué crueldades habla?

–Você é otlo monstro, um deplavado.

Saporiti se bamboleaba en zig zag por la redacción. Tenía que tranquilizarme, porque si ya quería estrangular al señor Wong, a Saporiti lo tiraría directamente por la ventana.

–No entiendo qué le pasa con el senador Morales.

–¿Pol qué labino malsista não explica?

A pocos metros, Saporiti trastabilló, cayendo sobre el Niño Ramírez, que pegó un grito. No les presté atención.

–¿No explica qué? ¿Por qué la Revolución de Mayo fue en mayo?

–¿Querías hablar conmigo? –preguntó Saporiti.

Le hice una seña para que guardara silencio.

–No sé qué decirle...

–Porque las brevas no estaban maduras –apuntó Saporiti.

El señor Wong alcanzó a escuchar.

–¿As blevas? ¿Quais são as blevas?

–Olvídese de las brevas. ¿Que es lo que quiere saber?

– Eu não. Senadol quem sabel pol que o governo nacionalizou a YPF agora e não mais antes.

–¿Me hiciste subir ocho pisos para que mire cómo hablás por teléfono? –protestó Saporiti.

–¿Antes cuándo?

–¿Qué antes? –insistió Saporiti.

–Não sei. Eu supongo que quando o presidente foi De la Lúa.

–¿De qué te reís? –preguntó Saporiti.

–¿De qué se líe tanto? Labino malsista deve lesponder.

Tapé el auricular con la mano.

–A vos te voy a matar. ¿Así que sor Juana Inés de la Cruz era travesti?

–Yo no dije que fuera travesti –dijo Saporiti–. Fue un error de tipeo

–¿¡De tipeo!?

En el teléfono, el señor Wong sonaba cada vez más indignado.

–Não um erro de digitação –exclamó el señor Wong– E um abusso do podel. Senadol Molales e Antoñita não conseguem dolmil.

–Un error lo tiene cualquiera –insistía Saporiti.

Alcé el papel en el que había impreso las efemérides de Saporiti. A pesar de que mi mano no dejaba de temblar leí:

–“Había nacido en San Miguel Nepantla el 12 de noviembre de 1651 con el nombre de Juan José de Asbaje y Ramírez…”

–De Santillana –apuntó Saporiti.

–¿Y a vos te parece que Juan José es un error de tipeo?¿Vos querés que nos echen a los dos?

–¿Você de qué fala?

–Si te pasás dos horas hablando por teléfono en vez de hacer tu laburo, claro que nos van a echar.

Me arrojé sobre Saporiti por encima del escritorio, pero lo único que conseguí fue tirar el monitor de la computadora, que se estrelló aplastando al celular en el momento en que el señor Wong insistía en que Lanata se lo había explicado perfectamente.

–Saporiti tiene razón –dijo Ferraresi–. Desde que hacés régimen te la pasás hablando de comida.

–¿De qué comida?

–Las masitas –acotó Saporiti.

–Marxistas –corregí.

–Si hace régimen no se nota –comentó el Niño Ramírez.

Cerré los ojos y empecé a contar hasta cien. Cuando los abrí, el director Quintana Jacobaci <img class="alignleft size-full wp-image-1273" title="quintana_izq" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/04/quintana_izq.jpg" alt="" width="220" height="220" />me miraba con preocupación, erguido en toda su estatura, junto al tambaleante Saporiti.

–Por un momento pensé que podía estar usted traspuesto –dijo–, a punto de perder el conocimiento.

–Ya se le pasó –apuntó el Niño Ramírez.

Quintana Jacobaci giró con gracia sobre sí mismo y lo observó unos segundos. Luego volvió a girar hacia mí.

–¿Este bergante todavía se encuentra entre nosotros? Bien, bien. ¡Antes me desprendiera yo de la piel que de un buen pasante gratuito! ¿Por qué es un buen pasante, verdad?

Todos asentimos, incluido Ramírez.

Quintana Jacobaci volvió a girar.

–Atesora este consejo, jovencito: en la vida has de hablar poco y desabrido, para darte aires de persona de calidad.

–Poco y desabrido –repitió Ramírez.

Una vez más, Quintana giró hacia mí.

–¿No se estará usted maquillando, amigo Monti?

Expliqué que lo que el director confundía con sombra de ojos era un moretón provocado por el mango de una pinceleta.

Quintana Jacobaci asintió con graves cabeceos.

–Mala cosa es un pincel cayendo de lo alto de una escalera –sentenció–. Y a propósito de pinceles ¿no ha visto últimamente al artista que ha de eternizarme en la tela?

Ninguno de los presentes había visto al misterioso artista, ni siquiera una vez.

–Iniciaremos una búsqueda minuciosa –dijo Quintana Jacobaci–. Usted será mi escudero.

–¿Yo? –pregunté.

–Y el mozalbete será nuestro paje.

–Estoy por retirarme… –me excusé.

Quintana Jacobaci no me oía. Había reparado en Saporiti y lo saludaba con efusividad.

–Soy el lector número uno de sus efemérides –decía–. Como siempre le digo a Miss Copley, estoy impresionado por su sólido contenido dogmático. Y como usted bien sabrá –suspiró Quintana Jacobaci, volviéndose una vez más hacia mí–, con los artistas no hay que contar para nada, que es su espíritu como el ópalo, que a cada luz hace diversos visos. Hoy se apasionan por lo que nace y mañana por lo que muere.

–Me parece que lo vi –dijo Saporiti.

–¿A quién?

–Al artista. Estaba por el segundo piso.

–Antes de abalanzarnos en loca carrera –advirtió Quintana–  tracemos como prudentes capitanes nuestro plan de batalla. Usted (ese era yo, que ya me había colocado la campera símil cuero y alzado el casco, listo para huir), el pasante y Saporiti me acompañarán hasta el segundo piso, donde nos desplegaremos en abanico. Usted, Ferraresi, permanecerá en la reserva, aunque listo para intervenir.

Caminábamos detrás de Quintana cuando el Niño Ramírez me codeó.

–¿Sabe que al señor director no le entiendo nada?

–Nadie le entiende –lo consolé, aferrando a Saporiti, que trastabillaba en dirección equivocada, y lo llevé hasta el ascensor, donde entramos los cuatro, luego de forcejear un poco, pues ya venía colmado.

Quedé apretujado entre Saporiti y el señor director. Saporiti empezó a jugar distraídamente con el cordel que colgaba de mi campera.

–Soltá eso.

–¿Qué es? –preguntó.

–Nada. Soltá.

–No vaya a tirar –advirtió, imprudente, el Niño Ramírez.

–¿No? ¿Por?

La explicación del Ramírez no llegaría nunca: Saporiti había dado un fuerte tirón al cordel y en un instante el ascensor se llenó de gritos de alarma y chillidos de histeria.

–¡Se infló como un sapo! –exclamó Saporiti.

–Socorro, a mí –gritaba el director Quintana Jacobaci, horrendamente aplastado contra un grupo de integrantes de la masa asalariada.

<img class="alignright size-full wp-image-522" title="monti_escupe" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/08/monti_escupe.jpg" alt="" width="200" height="285" />–Tengo pannic attack –gemía una secretaria, seguramente lectora de la página de Ferraresi–. Me falta el aire y me voy a morir de un síncope.

Yo no estaba mejor que ella. El air bag se había llenado súbitamente y encontrando una fuerte resistencia afuera, en el atestado ascensor, presionaba hacia adentro. Empecé a boquear.

–Aire, aire.

–Se está poniendo azul –comentó Saporiti, echándome en la cara un vaho alcohólico capaz de desmayar a un Borbón–. Hay que hacerle una traquetomía.

–¡El señor Monti se muere! –gritaba el Niño Ramírez.

Pensé que tenía razón. Sentí que mis piernas ya no me sostenían, pero permanecía erguido gracias a que en el ascensor no quedaba un centímetro libre. Cuando las puertas se abrieron en el segundo piso, todos salimos violentamente eyectados hacia el palier.

Permanecí rebotando como una enorme pelota de nada, convertido en la atracción principal del edificio, hasta que, media hora después, los bomberos consiguieron desinflarme.

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		<title>47 &#8211; Perdido en la traducción</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Apr 2012 15:56:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teodoro Boot</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<span class="image-rss"><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/04/09/47-perdido-en-la-traduccion/"><img title="47 &#8211; Perdido en la traducción" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/01/ferraresi2.jpg" alt="47 &#8211; Perdido en la traducción" width="134" height="200" /></a></span><br/>Antes le decían surmenage, pero, según informó detalladamente Ferraresi, se llama síndrome de fatiga crónica, también conocido como Encefalopatía miálgica. –Sin embargo –prosiguió Ferraresi alzando su dedo índice en señal de advertencia–, se recomienda el nombre de Encefalomielitis miálgica, clasificada por la Organización Mundial de la Salud con el número G 93.3 dentro de las [&#8230;] <a class="more-link" href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/04/09/47-perdido-en-la-traduccion/">&#8595; Read the rest of this entry...</a><p><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/04/09/47-perdido-en-la-traduccion/" rel="bookmark" title="Link to 47 &#8211; Perdido en la traducción"><img width="150" height="150" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/04/perdido_en_la_traduccion-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="perdido_en_la_traduccion" title="perdido_en_la_traduccion" /></a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<span class="image-rss"><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/04/09/47-perdido-en-la-traduccion/"><img title="47 &#8211; Perdido en la traducción" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/01/ferraresi2.jpg" alt="47 &#8211; Perdido en la traducción" width="134" height="200" /></a></span><br/>Antes le decían <em>surmenage, </em>pero, según informó detalladamente Ferraresi, se llama síndrome de fatiga crónica, también conocido como <em>Encefalopatía miálgica</em>.

–Sin embargo –prosiguió Ferraresi alzando su dedo índice en señal de advertencia–, se recomienda el nombre de <em>Encefalomielitis miálgica</em>, clasificada por la Organización  Mundial de la  Salud con el número G 93.3 dentro de las enfermedades neurológicas.

Si bien debería estar habituado a las truculencias de Ferraresi, el encontrarse incluido, y con un número, en la Organización Mundial de la Salud, fue para el diagramador Fernando Marman un auténtico golpe emocional.

–¿Es serio? –murmuró.

–Aparece en la lista americana de enfermedades infecciosas nuevas, recurrentes y resistentes a los medicamentos.

–¿A los europeos no los afecta? –preguntó el Niño Ramírez.

–No, zángano. La <em>lista</em> es americana, <em>norte</em>americana. La enfermedad puede afectar de manera progresiva el sistema inmunitario, neurológico, endocrino o cardiovascular de cualquiera, en cualquier parte del mundo.

–¿Y cuáles son los síntomas?

El Niño Ramírez insistía en interrogar a Ferraresi mientras la tez de Marman se decoloraba aceleradamente y también yo comenzaba a sentir un ligero malestar.

–Se caracteriza –repuso Ferraresi– por causar una fatiga severa, fiebre, sueño no reparador, intolerancia a la luz, al sonido y a los cambios de temperatura, dolor muscular y en las articulaciones, sensación de estado gripal permanente, faringitis crónica, pérdida de la concentración y la memoria, desorientación espacial, intolerancia al estrés emocional y a la actividad física, entre otras manifestaciones.<span id="more-1248"></span>

Marman pasó los dedos por su garganta y carraspeó:

–¿Faringitis?

–Crónica –recalcó<img class="size-full wp-image-1063 alignleft" title="ferraresi2" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/01/ferraresi2.jpg" alt="" width="180" height="268" /> Ferraresi –. Pero no es sólo eso. La multitud de síntomas puede llegar a afectar a todo el cuerpo y postrar en cama durante períodos muy prolongados y llevar incluso a una completa incapacidad de realizar actividad alguna durante años.

–Bueno –dije al advertir las crecientes señales de alarma en el rostro de Marman–. Dejate de pavadas y ponete a escribir tu columna.

Ferraresi me miró, sorprendido.

–Esta será mi columna: “La encefalopatía miálgica, una enfermedad incurable”.

–¿No nos puede adelantar más, señor Flaco? –rogó Ramírez.

–El síntoma más frecuente es la sensación de haber contraído “una gripe que nunca se cura”, pero algunos síntomas van y vienen.

–Van y vienen… –repitió Marman

Ferraresi asintió.

–En casos severos, pueden presentarse simultáneamente todos los síntomas que mencioné, además de dolores generalizados, insomnio, pesadillas, escalofríos y taquicardias, intolerancia a los cambios climáticos así como hipersensibilidad a múltiples agentes, como alimentos habituales antes tolerados, especialmente el alcohol.

–¿¡Al alcohol!? –la alarma de Marman iba en crescendo.

–Y a los olores fuertes, perfumes, vapores químicos y tóxicos como nafta, detergentes, suavizantes…

–Entonces, si no aguantás el olor de la acetona…

–Pero también a las luces brillantes, televisores, campos electromagnéticos, que va acompañada de migrañas, mareos y vértigos, náuseas, diarreas, inflamación de vejiga, infecciones y molestias urinarias, rinitis crónica, asma, incapacidad de permanecer de pie, erguidos o caminar durante periodos cada vez más cortos, con sensación de síncope, asfixia o taquicardia.

Marman se había derrumbado en una silla y respiraba con dificultad.

–Lo peor –insistió Ferraresi– son los trastornos cognitivos, mentales y emocionales. Se pueden presentar problemas de pérdida de capacidad de aprendizaje, habilidades matemáticas, y reducción del coeficiente de inteligencia.

–¿Y cómo empieza? –preguntó el Niño, camino a encontrarse con Marman en el mismo manicomio para hipocondríacos.

–Es frecuente tras períodos de alto estrés emocional, vital o laboral, como cuando cada semana tenés que cerrar una revista…

Marman gimió.

–… o accidentes con traumatismos ó intoxicaciones.<img class="alignright size-full wp-image-117" title="ninio-ramirez-solo-ch" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/05/ninio-ramirez-solo-ch.jpg" alt="" width="200" height="219" />

–¿Y cómo se cura? –pregunté, en un inútil intento de levantar el ánimo del auditorio.

–No se cura. Es crónica, como dije, y no existe hasta el momento ningún tratamiento médico eficaz.

El Niño parecía cada vez más interesado:

–¿Y aparece así como así?

–Las causas pueden ser múltiples. Hace veinte años la llamaban “gripe del yuppie”, pues se pensó que afectaba especialmente a jóvenes arribistas que sufrían de agotamiento por estrés. Posteriormente se la creyó una infección crónica del virus de Epstein-Barr, causante de la llamada mononucleosis infecciosa o “enfermedad del beso”.

–¡Enfermedad del beso! –se entusiasmó Ramírez.

–Más tarde se pensó que podía ser consecuencia de un estilo de vida estresante, una alimentación inadecuada, el exceso de consumo de antibióticos y corticoides, los edulcorantes artificiales o la radiación electromagnética provocada por la telefonía móvil.

Marman se encontraba a punto de perder el conocimiento.

–Pero te la podés agarrar por cualquier cosa…

Ferraresi observó satisfecho los estragos emocionales provocados por su disertación y, en un raro rapto de piedad, trató de levantar los ánimos.

–Consuélense: afecta sólo a un hombre por cada nueve mujeres. Y no es mortal, estrictamente hablando, aunque probablemente exista un alto número de decesos debidos a ella, como fallo cardíaco, cáncer o suicidio.

Debería leer esta misma explicación, pero más detallada, al editar la columna de Ferraresi, además de las efemérides de Saporiti y el horóscopo de Lucrecia. La perspectiva, de por sí abrumadora, se agravó tras una llamada del comisario Petorutti anunciándome que estaba en camino para relatarme el caso de las forzadoras de Montserrat, que en 1939 lo habían violado en la piecita de la terraza, de manera que decidí que esa tarde tendría surmenage.

Aprovechando la momentánea ausencia de Mariani, fui al despacho del director.

Quintana Jacobaci me recibió con la expresión atormentada que había comenzado a lucir en las últimas semanas, desde el momento en que contrató a un misterioso artista plástico para pintar su retrato al óleo, y al que no podía encontrar en ningún lado.

–¡¿Surmenage?!

Asentí, contrito.

<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/04/quintana_izq.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-1273" title="quintana_izq" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/04/quintana_izq.jpg" alt="" width="220" height="220" /></a>–¡Pero esa es una dolencia de marquesa húngara o de soprano griega! ¡Cómo va a tener surmenage usted!

–Síndrome de fatiga… –dije, débilmente, tratando de encontrar un reemplazo para “crónica”, que podría ser mal visto por la patronal– …severa.

–Eso ya es más propio de la clase trabajadora –suspiró satisfecho Quintana Jacobaci –. No afecta en cambio a los menesterosos –añadió en tren filosófico– ¿No le parece que esas gentes llevan una vida más reconfortante que nosotros? Me refiero –añadió, confundido por su arresto democrático– a los aristócratas y a los trabajadores.

Le di la razón, sin averiguar quienes eran “esas gentes” y, habiéndome enterado de que no se les debería permitir votar, salí de la revista rumbo al departamento de Ferraresi, donde seguiría instalado al menos por el fin de semana, aprovechando que viajaría con su ex novia a Mar del Plata.

Tenía el departamento para mí solo. Apenas llegué, me libré de los zapatos, la camisa, el pantalón, me calcé las alpargatas y, habiendo dejado las bermudas en casa luego de mi exilio, me quedé en calzoncillos. Hice un café en la máquina express que sólo un solterón como Ferraresi puede conservar sana y en condiciones, y me senté en una mesa junto a la ventana del living, que era a la vez comedor, además de mi dormitorio y cuarto de trabajo. Exactamente junto a la ventana había acomodado una mesita a modo de escritorio, para ubicar mi notebook.

Encendí la computadora y me dispuse a pasar en limpio, si acaso eso era factible, alguno de los casos del comisario Américo Petorutti.

–Retĩ va'erã remonda haĝua –dí un salto en la silla–, ndaha'éi remba'apo haĝua –escuché a pocos centímetros mío.

–¿Qué pasa? ¿Quién es?
– Ani reipota nemba'e'ỹva, pe nemba'évanteko nembovy'aharã .
– Áğa ijane chève cherrasẽ hağua hese, ko’ağa ajeroky ha avy’a’aina –dijo otra voz–. Moingo a Plasticor.

Corrí las cortinas y pegué otro salto. A veinte centímetros de distancia, pero del otro lado del vidrio, un tipo me sonrió levantando su pulgar derecho a modo de saludo.

–¿Mba’éichapa Reiko, compañero? –dijo– Kuña ha kure membymi rembovare'árõ, ndoikuaái ijára.
Escuché una carcajada y di un nuevo respingo. Aparté trabajosamente la vista del inconciente que se balanceaba en una pequeña silleta a la altura de un décimo piso y alcancé a ver que unos metros a su derecha colgaba otra silleta, en la que otro inconciente se hamacaba de un lado a otro, a impulsos de sus piernas sobre la pared del edificio, hasta que finalmente consiguió aferrar el tacho amarillo que le alcanzaba su compañero.

Empecé a retroceder, presa de un irracional vértigo ajeno.

-Pe pahague nahániri reñemomba'e akue kehue, jakaru akue peteĩ kure mba'e porã kyra mbichy.

–¿Bien gordo?–dijo el que se balanceaba delante mío. Seguía sonriendo– ¿Hae akue he?

¿Qué gordo? ¿Acue qué?

–Muy bueno. Hae akue ete he, katu akaru akue hetaretei, pe pahague añemomba'e akue jepe kyra mba'e kure!

El otro lanzó una carcajada tan estruendosa que por poco se cae. Me volvió a sonreír y alzó una vez más su pulgar derecho.

<em>–</em>Rejútapa orendive.

¿Qué pútapa? La cosa ya viraba al castaño oscuro: los tipos me estaban cargando. Ya no me cupo ninguna duda. Me acerqué a la ventana.

–¿No tenés nada mejor que hacer?

Me miró sorprendido, pero no sé si respondió. El celular había empezado a sonar en el bolsillo de mi saco. Fui a buscarlo y escuché que los albañiles reían a mis espaldas.

“Ya te voy a dar”, pensé, mientras atendía el teléfono.

–¿Qué pasó con la calela?

¡El señor Wong! Hacía tanto que no me llamaba que demoré en comprenderle.

–Laid do tulismo callejelo

–<img class="size-full wp-image-518 alignright" title="wong" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/08/wong.jpg" alt="" width="220" height="235" />¿Qué cosa?

–TC 2000.

–Turismo competición –exclamé.

–Mo'ãgui ndoikói puru'a, jo'águinte –escuché más allá de la ventana.

–¿Por qué no te dejás…?

Las carcajadas me enmudecieron.

–Pero a estos dos les voy a cortar la soga… –murmuré.

–¿Qué soga? ¿Que aconteceu?

–Nada ¿qué va a pasar? Corrieron los autos y dieron vueltas y vueltas.

–¿E pol isso tanto liu? ¿Non tem um autodlomo en Bons Ailes? ¿E de que soga fala?

–Claro que hay un autódromo.

Las risas seguían más allá de la ventana. Me acerqué y miré fijamente al que tenía más cerca.

–¿Por que coler na rua, então? –decía el señor Wong

El albañil y yo estábamos cara a cara, a cincuenta centímetros de distancia, aunque separados por un vidrio y un abismo de 30 metros. El tipo volvió a alzar su pulgar derecho y con la otra mano llevó un celular a su oreja, imitando mis movimientos.

<em>–</em>Ko ka’aru aháta nde rógape aka’ay’u hagua.<em> </em>

–¡Pero este me está cargando en serio!

–¿Quem está carregando? ¿Você?

–No nada, nada.

–¿Que carga um jornalista? ¿A consciência clítica?

Mientras el señor Wong reía de su pretendida salida humorística, miré al tipo de afuera, que seguía gesticulando con el celular pegado a su oreja. Empecé a levantar presión. Lo veía imitándome, ahora ya través de un velo rojizo que había caído ante mis ojos.

–Emomarandu chupe tou.

¿Chupete? El chupete te lo voy a meter...

–Te voy a matar –murmuré, en cambio.

–¿Já começou? ¿Não feliz com tel matado a Gutielez?

Abrí la ventana con la mano izquierda mientras seguía hablando con el señor Wong.

–Ya le expliqué mil veces que Gutiérrez es un perro.

–Pol mais mala pelsona que sea non tem polqué matalo.

El tipo de afuera me sonrió y volvió a levantar su pulgar.

–No te preocupés, señorita. Jagua oñarõ jepéro, ndoporosu'uvéima. Y fijador.

–¿Qué fijador? Y ya te voy a dar señorita a vos.

–¿Senhorita? ¿Você está diciéndome senhorita? –se encrespó el señor Wong.

Corrí hacia la cocina y abrí el cajón de los cubiertos.

–¿Você ainda não regresó pala sua casa?

Me detuve. ¿Cómo sabía el señor Wong que yo no estaba viviendo en casa?

–É um homen glande...

–Grande.

–¿E eu que dije? Glande.

<em>‑</em>Pe karai kyra noñe’êvei.

Sobre el vacío seguían las risas. Por un momento, olvidé al señor Wong y sus inquietantes defectos de pronunciación y revolví el cajón hasta encontrar una hermosa y, lo que era más importante, enorme cuchilla de mango blanco.

–¡Tão glande e tão bobo!

–¿Qué?

–Bobo. ¿Não entende? Zonzo, como indica Dom Enlique.

¿Don Enrique?

–¿Usted sigue hablando con mi suegro, señor Wong?

–E uma belhisima pelsona. Me manda dezir que você volta pra casa, que lo perdoa.

–¿¡Qué <em>él</em> me perdona a mí!?

En el impulso de estrangular a mi suegro, o al señor Wong o a ambos, apagué inadvertidamente el celular.

–Ani ndepochy.<em> </em>

<img class="size-full wp-image-379 alignleft" title="cuchillo-2" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/07/cuchillo-2.jpg" alt="" width="238" height="249" />Volví al living y avancé hacia la ventana.

–¿Te vas a dejar de joder?

Al ver la cuchilla que yo todavía llevaba en la mano, el albañil abrió enormemente los ojos y dejó de sonreír.

–Ñamanónte hi'árape. Tené cuidado con el cuchillo, patrón.

–Si seguís, te voy a cortar la soga.

El tipo llevó el celular a su oreja derecha.

– Amo karai oka’u . Llamá a la policía

¿Caraio? ¿Ahora me insultaba en gallego?

Adelanté el brazo y sin pensarlo, asomándome temerariamente al vacío, alcancé una de las sogas que colgaban de la silleta.

–Ahora vas a ver lo que es bueno.

<em>–</em> ¡Tavy! ¡Asesino! ¡Porojukáva! –empezó a gritar el tipo.

<em>–</em>Pe osapukáiva che irû –gritaba su compañero, unos metros a la izquierda –¡Socorro! ¡Policía!

¿Policía? Bajé la vista. En mi mano derecha sostenía una cuchilla, la izquierda aferraba una de las dos sogas. La alcé: mis ojos se encontraron con los del albañil.

–Por favor –gimió.

A la izquierda, el otro albañil parecía hablar con una vecina.

–Llamá a la policía, señora. El gordo se volvió tavy.

Inmediatamente después, empezó a descender.

–Qué tavy ni qué tavy –grité, mientras lo veía bajar.

Iluminado por un rapto de sensatez, solté la soga.

–No te mato porque estás ahí colgado –dije.

Corrí la cortina, me vestí y salí del departamento.

Apenas me asomé del ascensor en la planta baja, advertí a tiempo que un grupo de albañiles conversaba agitadamente en la puerta de calle con un agente de policía.

Pasé gran parte de la noche escondido detrás de un auto en la cochera del edificio, padeciendo todos los síntomas de surmenage, y más.<p><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/04/09/47-perdido-en-la-traduccion/" rel="bookmark" title="Link to 47 &#8211; Perdido en la traducción"><img width="150" height="150" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/04/perdido_en_la_traduccion-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="perdido_en_la_traduccion" title="perdido_en_la_traduccion" /></a></p>]]></content:encoded>
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		<title>46 &#8211; El orgullo del loft</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Mar 2012 17:07:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teodoro Boot</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<span class="image-rss"><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/26/46-el-orgullo-del-loft/"><img title="46 &#8211; El orgullo del loft" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/03/petorutti.jpg" alt="46 &#8211; El orgullo del loft" width="200" height="115" /></a></span><br/>Todo llega, especialmente lo malo. Aunque en este caso, más que llega correspondería decir que vuelve. Me refiero al comisario Américo Petorutti. Gracias al comisario, me había librado de la sección Comercio Exterior que Mariani había creado especialmente para mí y del subdirector Freddy García Rodríguez y su obsesión por convertirme en experto en las [&#8230;] <a class="more-link" href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/26/46-el-orgullo-del-loft/">&#8595; Read the rest of this entry...</a><p><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/26/46-el-orgullo-del-loft/" rel="bookmark" title="Link to 46 &#8211; El orgullo del loft"><img width="150" height="150" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/03/El-orgullo-del-loft-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="El-orgullo-del-loft" title="El-orgullo-del-loft" /></a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<span class="image-rss"><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/26/46-el-orgullo-del-loft/"><img title="46 &#8211; El orgullo del loft" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/03/petorutti.jpg" alt="46 &#8211; El orgullo del loft" width="200" height="115" /></a></span><br/>Todo llega, especialmente lo malo. Aunque en este caso, más que llega correspondería decir que vuelve. Me refiero al comisario Américo Petorutti.

Gracias al comisario, me había librado de la <a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2011/04/11/8/" target="_blank">sección Comercio Exterior</a> que Mariani había creado especialmente para mí y del subdirector Freddy García Rodríguez y su obsesión por convertirme en experto en las<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2011/05/23/5-una-balumba-de-sabiduria/" target="_blank"> reglas de juego del rugby</a> y, de paso, aunque a condición de que hiciera mucho ejercicio y bajara un poco de peso y de años, en infalible segunda línea del Belgrano Athletic.

A partir de entonces <a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2011/06/27/10-una-mision-en-la-vida/" target="_blank">mi misión</a> en la revista estuvo clara, aunque fue imposible de llevar a cabo: escribir las memorias del comisario Petorutti, cuyo Alzheimer me arrastró primero a pernoctar en un <a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2011/09/05/20-federal-en-comision/" target="_blank">calabozo de una comisaría</a> junto al dibujante Ramón Palonski y más tarde a batir records de entradas en youtube en el momento de interrumpir el <a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2011/12/05/33-la-patota-del-geriatrico/" target="_blank">strip tease de un juez federal</a> apenas vestido con bombacha y corpiño color fucsia con encajes blancos.

Profundamente desmoralizado ante la descripción detallada de los síntomas de la diarrea idiopática crónica o diarrea de Brainerd, recomendada por Ferraresi para eliminar los rollitos en la cintura que afean la silueta, preferentemente antes de la temporada estival, levanté la vista del monitor, para suspirar o directamente expirar, cuando vi al comisario irrumpir en la sala de redacción revoleando su bastón de caña.

No alcancé a reaccionar, sorprendido de que le permitieran abandonar la institución en la que había sido recluido luego de un período de competo extravío mental. Mientras parpadeaba, pensando si no sería una alucinación, llegó a mi lado.<span id="more-1232"></span>

<img class="alignleft size-full wp-image-1237" title="petorutti" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/03/petorutti.jpg" alt="" width="200" height="115" />–Deje todo lo que está haciendo, Delmonte, y tome nota.

–Monti.

–Sí, tome nota. ¿Está listo? Bien, le voy a dictar los entretelones del caso del delincuente que se quiso hacer pasar por Sandrini. Apunte: El gordito me cayó mal, de entrada. Tenía ojos ansiosos, hipertrofiados por la miopía y, como descubrí tras un hábil interrogatorio, la ingestión de sustancias tóxicas. Era de estatura más bien baja para mi gusto, un poco grueso y procuraba disimular la incipiente calvicie cortando su cabello casi al ras, a la usanza de los penados de Ushuaia. Su sonrisa patética y su aire general a sorpresa y fingida inocencia habrían despistado a más de un investigador bisoño, pero ya me había formado una idea general de su catadura gracias a la desinteresada colaboración del vecindario. ¿Me sigue?

–Lo sigo –mentí.

–Bien. Fue Rita, mi nieta, quien me puso tras su pista. Mi aparición en una doble página de una revista de actualidad había despertado la curiosidad de Orestes Delmonte, un periodista amigo suyo. Al parecer, pretendía escribir un libro con mis  memorias.

–No me llamo Orestes y no soy amigo de…

–En tiempos en que el prestigio de la Institución ha caído por los suelos –prosiguió el comisario sin prestarme atención–, no me pareció una mala idea que un viejo policía relatara al gran público aleccionadoras historias de la lucha contra el crimen, razón de suficiente peso como para que aceptara acompañar a Rita hasta un edificio no lejos de acá, sobre la calle Defensa. O Perú. O Bolívar.

–¿Dónde es acá? –preguntó el Niño Ramírez, quien también tomaba notas, seguramente para el archivo de la sección Necrológicas.

–Vivo en Barracas –repuso el comisario–, en un viejo depósito privado de todo lo que alguna vez pudo tener alguna utilidad. Lo llaman <em>loft</em>. Si bien incómodo, resulta mil veces preferible al geriátrico de dónde el mes pasado me rescataron mis nietos. Rita, Nahuel y Julioscar, ¿Les hablé de ellos?

–Nos habló–, admití, un poco contra mi voluntad. Lo peor que uno puede hacer con algunas personas es seguirles su rumbosa conversación

–Los jóvenes son la mejor compañía que puede desear un viejo. Y viceversa. Ellos abrevan en mis conocimientos y larga experiencia, y yo me mantengo activo. Además, cuesta poco estar a la moda: fíjense que el último grito es liar cigarrillos a mano ¡cómo en la década del veinte!

–Le dije que ya nos habló.<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/11/detalle-monti.jpg"><img class="alignright size-thumbnail wp-image-884" title="detalle monti" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/11/detalle-monti-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></a>

–Efectivamente. En el geriátrico, en cambio, todo me hacía sentir fuera de lugar. Desde la insistencia de una estúpida mucama en llamarme “<em>Nono</em>” hasta doña Felita Ibarlucea, la única residente que me dirigía la palabra, pero que aunaba dos condiciones básicamente contradictorias: la ninfomanía, que le venía desde antiguo, y un ya más reciente descontrol de los esfínteres.

–Comisario, hay algunos detalles –intenté decir al observar el creciente interés que el relato de Petorutti despertaba en el Niño Ramírez y, lo que era peor, en Ferraresi

–Grande fue mi sorpresa –prosiguió el comisario, olímpicamente ausente de la razón y el buen sentido–, apenas llegado al instituto, al encontrarme cara a cara con el legendario comisario Requena, a quien una hemiplejía había postrado en una silla de ruedas. La mitad izquierda de su cuerpo parecía hecha de cartón corrugado y la mueca de por sí despectiva de su boca se había vuelto más acentuada.

”Desde un primer momento fingió no reconocerme. Mantenía un terco mutismo cada vez que me sentaba a su lado a recordar viejos casos y revivir antiguas hazañas policiales. Pero en una oportunidad, a la hora del almuerzo, cuando la conversación había derivado en un patético catálogo de enfermedades y yo comenzaba a sentirme un poquitín hipocondríaco, me decidí a animar la velada con el relato de alguna anécdota jocosa del servicio.

–Supongo que tendrá muchas –lo alentó temerariamente Ferraresi.

–Y traté de evocar una de ellas. ¿Se acuerda, comisario, le dije, de cuando viajó en tren a Entre Ríos acompañado del travesti René? Compartieron el mismo camarote ¿verdad?

–¡Nos tiene que contar ese caso! –dijo Ferraresi.

–Tiempo al tiempo, joven. Además, hay menores presentes –respondió el comisario aludiendo al extasiado Niño Ramírez–. La cuestión fue que todas las cabezas se volvieron hacia Requena. Hubo en sus ojos un destello de alarma y quiso huir, pero impulsada únicamente por su mano derecha, la silla de ruedas comenzó a girar en círculos, derribando a cuanto residente se interpusiera en su loco camino. “Belodudi, belodudi”, farfulló antes de volcar sobre la señorita Ibarlucea, quien, confundida por la situación, prorrumpió en los característicos estertores del orgasmo y tuvo un denigrante percance biológico.

<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/05/ninio-final.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-131" title="ninio-final" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/05/ninio-final-172x300.jpg" alt="" width="120" height="210" /></a>–¿Qué es un…? –preguntó el Niño Ramírez.

–Nada –lo interrumpí–. Siga, comisario, pero sin entrar en detalles.

–Como le iba diciendo, luego de la vergonzosa exhibición gástrico‑sexual que dieron en el comedor del geriátrico el comisario Requena y su amante, la señorita Ibarlucía, o Ibarlucea....  ¿O sería Lucía García?

El comisario quedó unos segundos con la mirada extraviada y la boca abierta. Al fin se recuperó:

–¿Quién diablos es Lucía García, Delmonte?

–Monti –aclaré por enésima vez–. Y no tengo la menor idea de quien puede ser Lucía García.

–¿Y vos purrete?

–¿Una cantante de tangos? –especuló el Niño Ramírez.

–Una afamada cupletista madrileña. ¿Nunca le hablé del caso de la cupletista madrileña?

–No, no me habló –contesté–, pero nos contaba del comisario Requena.

–Sí.

Todos guardamos silencio, incluido el comisario, quien empezó a mostrarse incómodo. Súbitamente, una señal de alarma sonó en su cerebro y se palpó el pantalón a la altura de la entrepierna. No muy satisfecho, me preguntó, en susurros:

–¿Se me hizo un lamparón?

–No.

–Menos mal –suspiró el comisario–. Ocurre que cada tanto tengo alguna emisión nocturna.

–Es de día, comisario.

–Sí, pero como se producen en horas de la siesta…

Fue el director Quintana Jacobaci quien, involuntariamente, nos libró de un momento tan embarazoso. Quintana Jacobaci salió de su despacho, me dirigió una mirada de desesperación y comenzó a caminar hacia mí. El comisario Petorutti tuvo un sobresalto.<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/07/quintana.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-410" title="quintana" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/07/quintana.jpg" alt="" width="220" height="220" /></a>

–¡El doctor Alvear! –exclamó– ¿Nunca le conté de cuando vino a Caballito a inaugurar el ferrocarril de la calle Parral?

–No es el doctor Alvear –dije por lo bajo.

–¡Mire si no voy a reconocer a don Marcelo de Alvear. Estábamos con Yonyou Deveril, el rengo Carlitos y Pepita… ¿Qué se habrá hecho de Pepita?

Luego de verificar en el archivo de Necrológicas, el Niño Ramírez admitió que no tenía la menor idea sobre el destino de Pepita, mientras Quintaba Jacobaci se acercaba lentamente, cruzando la sala de redacción con su parsimonia habitual.

–…un vecino socialista –proseguía Petorutti, sin apartar la vista de Quintana Jacobaci– nos dio unas chirolas para cantarle a ese señor…

–No era ese señor, comisario –susurré.

Quintana Jacobaci estaba a menos de tres metros.

–…¡No queremos al Peludo –gritó el comisario Petorutti, acompañándose con pequeños saltitos–, no queremos al Pelado…

Quintana Jacobaci se detuvo, sorprendido.

–…queremos a Mario Bravo!

El rostro de Quintana Jacobaci viró al borravino, murmuró unas palabras ininteligibles y tras girar como un trompo, se alejó de nosotros para meterse al ascensor, seguramente a continuar la búsqueda del misterioso artista que había contratado para pintar su retrato al óleo.

–Nos contaba, comisario –dijo Ferraresi, empeñado como siempre, en generar el mayor desorden conservando su indiferencia habitual– de la exhibición gástrico sexual.

Petorutti demoró en regresar al año 2012, pero luego de algunas vacilaciones, finalmente lo consiguió:

<img class="alignleft size-thumbnail wp-image-284" title="Petorutti-240" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/06/Petorutti-240-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" />–Efectivamente. Luego de la repugnante exhibición del comisario Requena y su incontinente prometida, las autoridades del geriátrico decidieron separarlo (y separarme, debo decir) del establecimiento. Sin embargo, el comisario carecía de familiares y estaba a cargo de la Policía  Federal, que no disponía de muchas otras instituciones donde derivarlo. No era ese mi caso.

–¿Tiene otras instituciones? –preguntó el Niño Ramírez.

El comisario espantó unas moscas invisibles que parecían revolotear a su alrededor.

–Mi hija se presentó sola en la dirección. Su esposo quedó afuera, esperando en el Mercedes. Lo observé desde una de las ventanas de la sala de espera. No me devolvió el saludo. Mi yerno es otro que finge no conocerme. Trabaja (o dice trabajar) de ejecutivo en no sé qué empresa y seguramente comete varios ilícitos al día. De ahí el nerviosismo que siente en mi presencia.

–No debe ser el único… –murmuré.

–Seguro que es un mafioso y en más de una oportunidad me vi tentado a investigar sus actividades, pero me contuve. Por mis nietos. Rita, Nahuel y Julioscar. ¿Les hablé de ellos? Me rescataron del geriátrico.

”Nos llevamos al abuelo con nosotros, dijeron esa tarde cuando mi hija revisaba frenéticamente las páginas amarillas en busca de una residencia donde alojarme.

”Un manicomio, había sugerido el mafioso dando cuenta de su tercer whisky.

&nbsp;

El celular vibró sobre mi escritorio. Lo alcé y miré la pantalla: el señor Wong. Me disponía atender cuando el comisario me lo arrebató de las manos.

–Policía Federal, seccional octava.

–Pero…¿qué hace?

–Afirmativo. Lo tenemos acá, detenido. Sí, por escándalo en la vía pública.

–Déme eso.

El comisario revoleba el bastón, alejando el celular de mis desesperados intentos por recuperarlo.

–Viajaba con el travesti René en un camarote del ferrocarril Urquiza. Sí, vergonzoso. ¿Para qué lo quiere usted?

Puesto que no conseguía alcanzar el celular, me disponía a estrangular directamente al comisario, pero Ferraresi me lo impidió.

–Tranquilo.

–¡Qué tranquilo ni que ocho cuartos!<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/08/wong.jpg"><img class="alignright size-thumbnail wp-image-518" title="wong" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/08/wong-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></a>

–Sí, comprendo. Wei Wei Ding, la reina del fado. Délo por hecho. Ya mismo pondré en su búsqueda a la entera Policía Federal Argentina. Perfectamente. ¿Delmonte? Llámelo mañana: saldrá en libertad en cuanto sea indagado por el magistrado, el eminente doctor Martínez Espósito.

Finalmente el comisario dejó el celular sobre el escritorio. Lo alcé de inmediato.

–Hola, hola ¿señor Wong?

Petorutti había cortado la comunicación. Me volví hacia él.

–Mis nietos –decía en esos momentos– acababan de alquilar un depósito y preparaban la mudanza. Yo no entendía muy bien para dónde iba la conversación y por un momento creí que sus padres jamás les permitirían vivir por su cuenta. Considero que la familia debe permanecer férreamente unida, bajo un mismo techo, pero guardé silencio: los muchachos estarían mejor solos que en compañía de un gangster.

–¿Quién es el gangster? –preguntó el Niño Ramírez, que una vez más parecía extraviado por el relato del comisario.

–El padre –explicó Ferraresi.

–¿Qué padre? –preguntaron a un tiempo el Niño Ramírez y el comisario.

–El de sus nietos –insistió Ferraresi.

–¿Vos tenés nietos, purrete?

–No, no –repuso el Niño Ramírez.

–Ya me parecía. Yo sí. Rita, Nahuel y Julioscar. ¿Les hablé de ellos? Me rescataron del geriátrico. Y me llevaron a Barracas. Al <em>loft. </em>Parece que está de moda vivir en un depósito fuera de uso o en una fábrica abandonada. Y decorarlo con objetos antiguos. Mi vieja heladera Siam del 46 y yo somos el orgullo del <em>loft</em>. “¡Alucinante!”, exclaman las visitas apenas nos echan la primera mirada.<p><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/26/46-el-orgullo-del-loft/" rel="bookmark" title="Link to 46 &#8211; El orgullo del loft"><img width="150" height="150" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/03/El-orgullo-del-loft-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="El-orgullo-del-loft" title="El-orgullo-del-loft" /></a></p>]]></content:encoded>
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		<title>45 &#8211; Una cita con Garófalo</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Mar 2012 20:17:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teodoro Boot</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>

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		<description><![CDATA[<span class="image-rss"><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/19/una-cita-con-garofalo/"><img title="45 &#8211; Una cita con Garófalo" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/monti-autog-150x150.jpg" alt="45 &#8211; Una cita con Garófalo" width="200" height="200" /></a></span><br/>El consultorio del doctor Garófalo tenía una inquietante familiaridad con el garaje del licenciado Fernández. Aprovechando que Cecilia estaba muy ocupada con las transfusiones de Gutiérrez, que había sufrido otra de las repugnantes crisis de su aparato gastrointestinal, me introduje subrepticiamente en mi –después de la larga noche trascurrida en un banco de Parque Patricios–, [&#8230;] <a class="more-link" href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/19/una-cita-con-garofalo/">&#8595; Read the rest of this entry...</a><p><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/19/una-cita-con-garofalo/" rel="bookmark" title="Link to 45 &#8211; Una cita con Garófalo"><img width="150" height="150" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/03/Una-cita-con-Garofalo-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="Una-cita-con-Garofalo" title="Una-cita-con-Garofalo" /></a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<span class="image-rss"><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/19/una-cita-con-garofalo/"><img title="45 &#8211; Una cita con Garófalo" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/monti-autog-150x150.jpg" alt="45 &#8211; Una cita con Garófalo" width="200" height="200" /></a></span><br/>El consultorio del doctor Garófalo tenía una inquietante familiaridad con el garaje del <a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2011/09/19/22-adios-lunes-deprimente/" target="_blank">licenciado Fernández</a>.

Aprovechando que Cecilia estaba muy ocupada con las transfusiones de Gutiérrez, que había sufrido otra de las repugnantes crisis de su aparato gastrointestinal, me introduje subrepticiamente en mi –después de la larga noche trascurrida en un banco de Parque Patricios–, ya muy añorado hogar dulce hogar.

Como me temía, mi suegro también aprovechaba la ausencia de Cecilia que, unida a mi exilio y a la complicidad de los mellizos, lo volvían el virtual dueño de casa. Se había instalado a tomar mate en el patio, en una de sus sillas petisas.

“Ya te voy a agarrar”, pensé, esperanzado en el indulto, para el que me arriesgaba a introducirme con aires de asaltante nocturno en mi propia casa.

Con autocontrol digno de un espía de John Le Carré, guardé silencio y siempre en silencio me dirigí hacia mi escritorio. Después de un buen rato de revolver en el cajón de los papeles inservibles, esos que uno sabe que jamás necesitará, pero que, por diplomacia, no tira directamente a la basura, encontré la tarjeta del doctor Garófalo, el psiquiatra que una colega le había recomendado a Cecilia para la atención de su atormentado esposo, que viene a ser el seguro servidor de todos ustedes, yo.<span id="more-1217"></span>

<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/monti-autog.jpg"><img class="alignleft size-thumbnail wp-image-765" title="monti-autog" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/monti-autog-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></a>–¡No voy a ir a un psiquiatra! –protesté–. Y no pienso tomar ninguna pastilla.

–Es un psiquiatra que hace psicoanálisis –explicó Cecilia–. Por lo que me dijeron, me parece ideal para vos.

–¿Quiénes te dijeron? Seguro las brujas amigas tuyas, que me detestan.

Cecilia se alzó de hombros.

–Hacé lo que quieras, pero así no podés seguir.

–¿Así cómo? ¿Eh? Y claro que voy a hacer lo que quiero. ¡Y no pienso tomar ninguna pastilla!

–¿Ves lo que te digo? –había dicho Cecilia antes de no decir nada más.

Estrujé la tarjetita del doctor Garófalo, pero llevado por el instinto de supervivencia, en vez de tirarla al cesto de papeles, a último momento la dejé caer en el último cajón del escritorio. Y ahí estaba esa mañana, revolviéndolo.

Es increíble la cantidad de papeles inservibles que uno conserva casi involuntariamente pensando que algún día podrán serle de utilidad, y de los que se libra recién en las mudanzas. Las personas normales cambian de casa cada cuatro o cinco años, lo que les permite periódicas renovaciones de mobiliario y espíritu. Yo llevo –o llevaba, pensé con un dejo de nostalgia anticipada– casi veinte años en esta misma casa, así que imagínense la cantidad de porquerías que conservo. Entre ellas, la tarjeta de Garófalo, que encontré al cabo de media hora.

Para mi sorpresa, habituado como estoy a los dos o tres meses que demoran los turnos médicos, Garófalo me dio una entrevista para el día siguiente, a las 17 y 38. “Sea <em>muy</em> puntual”, me advirtió la secretaria.

Decidí pasar la noche en casa de Ferraresi, más cómoda que el banco de Parque Patricios, del cual podría pasar imprevistamente al calabozo de una comisaría, un hogar de indigentes o arrojado en medio de la noche del otro lado del Riachuelo.

Cuando le pregunté si tendría lugar para alojarme temporalmente, Ferraresi reveló que su novia  lo había abandonado, aunque trató de disfrazar la cosa.

–La eché.

Calculé que la novia de Ferraresi no había sido sorprendida peleando contra mi suegro en el techo de un camión durante la manifestación de los hinchas de San Lorenzo, de manera que pregunté los motivos del enojo de Ferraresi.

–Me traicionó con el marido –explicó Ferraresi.

–¿Con el marido de quién?<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/09/ferraresi-a-rot.jpg"><img class="alignright size-thumbnail wp-image-603" title="ferraresi-a-rot" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/09/ferraresi-a-rot-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></a>

–Con el de ella ¿Con el de quién va a ser?

Traté de hacerle entender la ausencia de lógica de su respuesta. Ferraresi se negaba a entrar en razón.

–En realidad –dije, ya con temor a despertar sus iras– al que traicionaba era al marido.

–¿Y a mí qué me importa el marido?

–Es que lo traicionaba con vos.

Ferraresi se llevó una mano al pecho:

–¡¿Conmigo?! ¿En qué lugar me deja eso que decís? ¿Así que ahora vengo a ser una especie de prostituto?

Negué semejante posibilidad, pero pareció no ser suficiente.

–Soy el novio –exclamó Ferraresi –, y al novio no se lo traiciona ¿entendés?

Yo entendía perfectamente. Y no tenía otro lugar donde dormir. Y antes de compartir una noche el departamento con mi vieja y la tía Carmen, me ingresaba voluntariamente en el Borda.

Luego de que Ferraresi trascurriera las siguientes dos horas tratando de determinar si yo sentía picazón, irritabilidad, dolores abdominales y pérdida de apetito, pareció tranquilizarse al saber que en ningún momento de los últimos meses había bajado de peso.

–Más bien, al contrario.

–Sí, ya veo –admitió Ferraresi–. ¿Sabés qué pasa? Una de cada diez personas sufre de una infección provocada por el enterobius vermicularis, un parásito que se aloja en el intestino. La mayoría de quienes lo padecen, lo ignora. Y aunque no estés actualmente infectado, existe un cincuenta por ciento de posibilidades de que te infectes en algún momento de los próximos años.

Le dije que haría lo imposible por cuidarme de los enterobius vermicularis.

–Es importante no confundir los síntomas –aconsejó Ferraresi–. Por supuesto, vas a sentir cierto prurito anal.

Preventivamente, aclaré que yo tenía muchos pruritos anales. Luego de estudiarme en silencio unos segundos, Ferraresi aclaró:

–Me refería a picazón. Es producida por la reptación de los gusanos hembra en el momento de postura de huevos, lo que ocurre preferentemente por las noches. Eso hace que te pique el tujes, lo que te provoca un estado de hipersensibilidad que es el responsable de los síntomas nerviosos, la irritabilidad y los trastornos del sueño que llevan a muchos incautos a consultar al psicólogo.

–¿Te parece?

–Absolutamente. Por eso es recomendable, antes de recurrir al psicólogo, hacerse un análisis de materia fecal.

Haberlo sabido antes…

<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/08/Monti-hosp_espejo.jpg"><img class="alignleft size-thumbnail wp-image-487" title="Monti-hosp_espejo" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/08/Monti-hosp_espejo-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></a>Pero no lo sabía, de manera que al día siguiente, a las 17 y 37 me encontraba en la sala de espera del doctor Garófalo, reprendido por su secretaria.

–Un minuto más, y llega tarde.

–Disculpe –murmuré, confuso–, el tránsito…

–Siéntese, que el doctor ya lo recibe.

Apenas me senté, la monstruosa mujer dijo:

–El doctor lo recibirá ahora. Pase.

Como ya dije, el consultorio de Garófalo tenía una inquietante familiaridad con el garaje del licenciado Fernández, aunque en tren más serio y adusto, lo que no constituía ninguna ventaja, empezando por la secretaria.

Fernández no tenía secretaria, por ejemplo, y calculo que de tenerla no sería una mujer avinagrada, malencarada y horrenda sino algo parecido a su esposa. Cuando Fernández se quedaba dormido, atendía la puerta su joven esposa, cuando no en ropa interior, embutida en escuetas bikinis. Y Fernández jamás se quejaba si yo llegaba tarde. Por el contrario, me reprochaba el despertarlo tan temprano.

Extrañamente, apenas entré a lo de Garófalo, empecé a añorar a Fernández.

–Recuéstese o siéntese –dijo Garófalo–. Usted decide.

Observé la estrecha silla que me ofrecía y seguro de que se derrumbaría debajo mío, me acosté.

–¿Qué le pasa?

¿Qué me pasa? ¿Cómo diablos iba a saber yo qué me pasaba? Se supone que para eso iba a consultarlo.

–Usted cuente nomás. No se preocupe si lo que cuenta le parece muy estúpido. Generalmente lo es.

Sin saber por dónde debía empezar, empecé por quejarme de la casi convivencia a que me veía obligado con mi suegro, de Gutiérrez, que me vomita los zapatos, de Mariani, del profesor Piergiaccomi…

–Psss –escuché–. Usted habla de su suegro porque no conoce al mío.

No me interesaba en lo más mínimo el suegro de Garófalo. Además, el que pagaba la sesión era yo.

–Tengo problemas para dormir, pero no tengo enterobius–aclaré, sin saber muy bien porqué y sintiéndome algo estúpido.

–Sería extraño que no tuviera –repuso Garófalo–. El parásito es cosmopolita, y frecuenta todos los grupos socioeconómicos sin distinción de raza, sexo, edad, ideología o religión. Sin embargo, es más común en climas templados. Se reportan anualmente más de 500 millones de infecciones, el 50% en niños.

–¿Dónde se reportan? –tartamudeé.

–En el Colegio Internacional de Psiquiatría, naturalmente.

Había algo mal en todo el asunto, pero no conseguía discernir qué podía ser.

–¿Tiene prurito anal?

¿Qué responder? Opté por dejar las cosas perfectamente asentadas.

–Muchos, pero si se refiere a picazón, no. Aunque últimamente no puedo dormir bien –confesé– y me despierto sobresaltado en medio de la noche.<img class="alignright size-thumbnail wp-image-1225" title="garofalo_espejo" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/03/garofalo_espejo-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" />

–¿Sueña?

–A veces…

–¡Error! –exclamó Garófalo– Siempre sueña, pero no se acuerda.

–No me acuerdo –reconocí.

–Le recetaré un jarabe para la memoria. Y ahora vamos a ir a lo principal, que son los trastornos de sueño. Le voy a recetar un ansiolítico.

–Yo no quiero tomar ninguna pastilla.

–Perfectamente. Puede adquirirlo en gotas. Una gotita (no se vaya a pasar) todas las noches y santo remedio.

–¿Pero no tiene efectos secundarios? –pregunté.

–Psss. Dos miligramos de Foxetina no le hacen mal a nadie. Yo la tomo todas las noches y míreme.

Me incliné en el diván y lo miré.

–Sirve para que no se desespere por cualquier idiotez –explicó–. Por culpa de los pacientes yo antes dormía apenas cinco horas. ¡Ahora duermo casi seis!

Le hice notar al doctor que la diferencia no parecía mucha.

–¡Pero duermo como un angelito! –exclamó.

Garófalo no conseguiría convencerme tan fácilmente. Además, eso de recetarme foxetina…

–¿La foxetina no es para los perros?

–¿Por qué va a ser para los perros?

–Se la recetaron a Gutiérrez. <a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2011/10/31/28-la-retorcida-mente-de-gutierrez/" target="_blank">Una psicóloga</a>…

–¡Muy mal hecho! ¿A quién se le ocurre llevar a un perro a un psicólogo?

–A mi suegro…

–Como no pueden recetar medicamentos y sienten por eso un complejo tremendo, se desquitan con los perros. Y los intoxican. La foxetina y los psicólogos son muy malos para su perro.

–¿Lo pueden llegar a matar? –pregunté esperanzado.

–No, pero no se lo recomiendo. Es un perro ¿se da cuenta? ¿Cómo va a ir a un psicólogo? ¿Acaso su perro habla?

–¡Eso mismo digo yo!

–Llévelo al homeópata –prosiguió Garófalo, indiferente a mi comentario y tan seguro de sí mismo que no parecía necesitar de mi aprobación–. Y cuando lo deje solo, ponga la radio… ¿A su perro le gusta el tango?

No supe qué responder. A Garófalo le dio igual.

–…O un disco de Gardel. Y mucha agua. Y usted recuerde: una gotita de Foxetina después de cenar…

–¿Pero no hay otra forma de curar el insomnio y la ansiedad?

–Si supiera cómo curarlo, me lo curaría yo.

Me senté en el diván.

–No, no y no. No quiero tomar medicamentos.

Garófalo me miró apreciativamente.

–Hace muy bien.

–¿Verdad que sí?

–Sí. Ahora recuéstese. Tal vez el mismo resultado lo obtenga con una taza de té de tilo. En cierta oportunidad me lo recomendó un proctólogo. ¿Usted nunca fue a un proctólogo?

Sentí que mis cachas se contraían en forma involuntaria.

–No.

–Mal hecho. Es una experiencia que le recomiendo, muy útil para hacernos más humildes. Es más, no se la recomiendo, se la prescribo. Ya mismo me va a ver al doctor Rivero.

Garófalo alzó el recetario de una mesita que tenía a su lado y comenzó a garrapatear la receta.

–Rivero atiende en el consultorio de al lado.

–¡No! ¡Al proctólogo no! ¡Al proctólogo no!

Sentí que me zamarreaban y abrí los ojos.

–¿Garófalo?

<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/ferraresi.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-699" title="ferraresi" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/10/ferraresi.jpg" alt="" width="200" height="297" /></a>–¿Qué es garófalo? Tuviste una pesadilla –dijo Ferraresi, que me miraba con preocupación parado a un costado de mi cama– ¿Te pasa algo? ¿Tenés pruritos?

–No, no.

–¿Querés que me fije si están desovando?

Me incorporé de un salto

–¡Ni se te ocurra!

–¿Pero estás bien?

Luego de asegurarle que no me pasaba nada, que no tenía pruritos, irratibilidad, dolores abdominales ni, mucho menos, pérdida del apetito y que me encontraba completamente libre de enterobius vermicularis, Ferraresi volvió a su habitación.

Por mi parte, luego de decidir hacerme un análisis de materia fecal antes de pedir turno con Garófalo, traté de seguir durmiendo.

No lo conseguí.<p><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/19/una-cita-con-garofalo/" rel="bookmark" title="Link to 45 &#8211; Una cita con Garófalo"><img width="150" height="150" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/03/Una-cita-con-Garofalo-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="Una-cita-con-Garofalo" title="Una-cita-con-Garofalo" /></a></p>]]></content:encoded>
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		<title>44 &#8211; Los cien mil hijos de Lorenzo Massa</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Mar 2012 21:58:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teodoro Boot</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<span class="image-rss"><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/12/44-los-cien-mil-hijos-de-lorenzo-massa/"><img title="44 &#8211; Los cien mil hijos de Lorenzo Massa" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/09/Cecilia-espejada-sin-telefono.jpg" alt="44 &#8211; Los cien mil hijos de Lorenzo Massa" width="194" height="200" /></a></span><br/>Nunca se lo confesaría a Cecilia, cuyo terminante ultimátum terminé acatando para conservar la paz del hogar y evitar nuevas discusiones, si bien mi capitulación final vino precedida de más de una hora de razonables, imaginativas y cuando todo fallaba, inflexibles argumentaciones. Nada sirvió, ni siquiera mi tajante: “No voy a ir nada a ningún [&#8230;] <a class="more-link" href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/12/44-los-cien-mil-hijos-de-lorenzo-massa/">&#8595; Read the rest of this entry...</a><p><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/12/44-los-cien-mil-hijos-de-lorenzo-massa/" rel="bookmark" title="Link to 44 &#8211; Los cien mil hijos de Lorenzo Massa"><img width="150" height="150" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/03/cuervos-150x150.gif" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="cuervos" title="cuervos" /></a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<span class="image-rss"><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/12/44-los-cien-mil-hijos-de-lorenzo-massa/"><img title="44 &#8211; Los cien mil hijos de Lorenzo Massa" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/09/Cecilia-espejada-sin-telefono.jpg" alt="44 &#8211; Los cien mil hijos de Lorenzo Massa" width="194" height="200" /></a></span><br/>Nunca se lo confesaría a Cecilia, cuyo terminante ultimátum terminé acatando para conservar la paz del hogar y evitar nuevas discusiones, si bien mi capitulación final vino precedida de más de una hora de razonables, imaginativas y cuando todo fallaba, inflexibles argumentaciones. Nada sirvió, ni siquiera mi tajante: “No voy a ir nada a ningún loquero”.

–Entonces acostumbrate a dormir en el patio o pedile a mi papá que te haga un lugarcito en la casa rodante.

La perspectiva de cohabitar en tres metros cuadrados con mi suegro, sus 50 trajes y su taller mecánico supuestamente móvil, pero tan instalado en la puerta de mi casa como el árbol de la vereda, era suficiente para electrificar mi ya alterado sistema nervioso.

–¡A tu papá le voy a tirar una molotov y le voy a incendiar la casa rodante con él adentro!<span id="more-1200"></span>

<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/09/Cecilia-espejada-sin-telefono.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-606" title="Cecilia-espejada-sin-telefono" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/09/Cecilia-espejada-sin-telefono.jpg" alt="" width="220" height="226" /></a>Cecilia se levantó de la mesa sin terminar la cena y se encerró en la pieza, dejándome con el grito en la boca y la amarga sensación de impotencia que les queda a todos los energúmenos y papanatas. A partir de lo cual empecé a pensar más seriamente en la posibilidad de consultar con un “profesional”, eufemismo por el cual Cecilia alude a todos los chantas colegas suyos, pero si venía asistiendo, aunque forzado, a las sesiones de tarot del <a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2011/09/19/22-adios-lunes-deprimente/" target="_blank">licenciado Fernández</a>, bien podría soportar 45 minutos con un psiquiatra.

Se imaginan entonces que no le iba a confesar a Cecilia mis planes de salir más temprano de la revista, caminar cinco cuadras hasta el Cabildo, tomar el subte E hacia Avenida San Juan y Avenida La Plata para caminar desde ahí hasta Inclán y frente a la verdadera aunque usurpada cancha de San Lorenzo, unirme a la hinchada y trepar a un camión o a un colectivo para dirigirme… hasta el Cabildo. En la plaza se realizaría la manifestación para reclamar por la devolución del Gasómetro y el regreso a Boedo del centenario club fundado por el padre Lorenzo Massa.

Mis razones habrían sido tan incomprensibles para Cecilia como un discurso en sánscrito para el director <a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2011/06/13/8-el-regreso-del-senor-director/" target="_blank">Quintana Jacobaci</a>, que me sorprendió esperando el ascensor y pretendió sumarme a una incomprensible búsqueda.

–¿No ha visto usted a nuestro artista?

–¿Qué artista?

–El émulo de Buonarotti.

Evidentemente, Quintana Jacobaci se refería a <a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2011/07/25/14-perfidia-cordobesa/" target="_blank">Ramón Palonski</a>, el pérfido dibujante cordobés.

–No –dijo Quintana–. Estoy hablando del otro. El mozalbete de la Docta no carece de cierto mérito. Es despierto y animoso, mas de naturaleza algo alocada. Hemos contratado a un artista consagrado, un anciano venerable para que me eternice en el óleo, junto a Miss Copley, naturalmente.

Negué desconocer la existencia misma del venerable anciano y aprovechando la llegada del ascensor, me introduje en él murmurando algo de una entrevista con un ministro.

–Hace dos días que lo estoy buscando –dijo Quintana Jacobaci mientras se cerraban las puertas del ascensor.

Me había librado rápidamente del director, pero en la planta baja me vi demorado por una aglomeración de curiosos y comedidos que pretendían auxiliar al diagramador Fernando Marman, quien aullaba desesperado en medio de la multitud. El Flaco Ferraresi observaba la escena con su proverbial escepticismo, alejado del tumulto.

–Le enumeré los síntomas de la agorafobia y tuvo una crisis –explicó.

–¡Estás loco! ¿Por qué no te dejás de jorobar con los <a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/02/13/41-el-cuidado-de-su-salud/" target="_blank">diagnósticos</a>?

–El loco es él, que transpira cada vez que sube al ascensor.

–Todos traspiramos en el ascensor. Hace un calor de locos.<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/08/ferraresi.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-513" title="ferraresi" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/08/ferraresi.jpg" alt="" width="180" height="267" /></a>

Ferraresi me estudió en silencio unos minutos.

–¿Así que vos también traspirás? ¿Y no sentís ahogos, falta de aliento o palpitaciones? ¿Opresión o malestar torácico? ¿O acaso sofocos, miedo a morir o a volverte loco?

–No, no tengo miedo. Estoy seguro de que me voy a morir y mucho más seguro de que en cualquier momento me vuelven loco. No me vuelvo ¿me entendés? ¡Me vuelven!

–Mmmm. Esa manía persecutoria no anuncia nada bueno…

Dejé a Ferraresi y acudí en auxilio de Marman, a quien la curiosidad y preocupación de la multitud aglomerada a su alrededor llevaba a las puertas mismas de la demencia: se estaba <em>realmente</em> ahogando y sofocando. Pero fue gracias a Saporiti que finalmente conseguí librar al diagramador del cariñoso estrangulamiento de las masas. Mientras yo los iba apartando de a uno, los curiosos acudían de a dos, atraídos por los renovados aullidos de Marman. Saporiti, que regresaba de tomar una copa en el bar de la esquina, fue más expeditivo. Gritó:

–¡Fuego! ¡Fuego!

Una vez producida la estampida, el hall de la planta baja quedó desierto, exceptuando a Ferraresi, que seguía observando distante, y a Marman y Saporiti, ambos tendidos en el piso. Calmé a Marman, que todavía seguía gritando y lo ayudé a incorporarse. Entre los dos, levantamos a Saporiti, que había sido derribado por la multitud.

Tras intentar en vano meter al diagramador en el ascensor, lo llevé a la calle. Saporiti vino detrás nuestro y nos acompañó hasta la Plaza de Mayo donde, por medio de un muy deficiente razonamiento, pensé que podría relajarse en un espacio amplio sin verse sofocado por la gente, las casas y los vehículos que atestan las angostas calles del centro.

A cien metros de la plaza, Marman se detuvo.

–¿Qué es eso? –gimió.

Me había demorado tanto que no sólo no acudiría a tiempo a la mini concentración frente a la vieja cancha de San Lorenzo sino que llegaba tarde a la Plaza de Mayo: una marea azulgrana oscilaba en el horizonte y comenzaba gradualmente a rodearnos.

–Está todo lleno de gente…–volvió a gemir Marman.

Debía sacarlo urgentemente de ahí, antes de que le diera un nuevo ataque de pánico.

–Llevatelo –pedí a Saporiti.

Saporiti ni lo dudó un segundo:

–Vení, vamos a tomar una copa.

Marman, pálido, ojeroso y a punto del desvanecimiento, lo siguió sin protestar, y yo me encaminé a sumarme a la multitud, que era mayor a lo previsto por los más optimistas. ¿De dónde salió tanta gente?, me preguntaba y se preguntaban todos.

Pronto entendí que habíamos contado con una inopinada y tal vez inconciente ayuda: en un camión al que se le habían quitado los laterales, junto a varios integrantes de la hinchada y numerosos instrumentos musicales, mi suegro, tocado con una gorra de visera con los colores de San Lorenzo, acompañaba con saltitos el cántico general: “¡El que no salta, es de Huracán!”.

<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/07/suegro.jpg"><img class="alignleft size-thumbnail wp-image-372" title="suegro" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/07/suegro-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></a>–¿Qué hace acá? –le pregunté apenas alcancé a llegar a su lado– ¿Y con ese gorrito?

–Me lo dieron los muchachos.

–Don Enrique es una institución en el barrio –dijo Yáñez pasando su enorme brazo por los hombros de mi suegro–. Si no fuera por él, ¿a quién le enchastraríamos el frente de la casa?

–Me lo están enchastrando a mí –objeté–. La casa ya no es suya, sino de Cecilia. Él vive en la casa rodante que está estacionada en la vereda.

Yañez tomó nota mentalmente, murmuró algo así “En cualquier momento se la quemamos”, o eso quise escuchar, y siguió cantando.

–El que no salta…

–¿Cómo llegó hasta acá? –pregunté a mi suegro que había vuelto a saltar.

–Estaba curioseando en Inclán y Avenida La Plata, haciéndose el espía –explicó Yañez–, así que lo trajimos.

–Me secuestraron –murmuró mi suegro–, pero se van a llevar una sorpresa. Mirá.

Y entreabrió la camisa. Debajo llevaba una camiseta blanca con un enorme globo estampado en rojo y en medio del globo, la inconfundible H del club de Parque Patricios.

–¡Cierre la camisa!

Mi suegro prendió los botones. Una extraña sonrisa le cruzaba el rostro.

–Estos cuervos se creen que me van a joder a mí, pero no me voy a quedar quieto. Tomá en cuenta que mi santo padre me observa desde el Cielo y si no hago un acto de desagravio a Huracán terminará en el infierno por la cantidad de insultos que me va a dedicar.

Confieso que lo tuve que pensar un rato. Mi conciencia me permitiría perfectamente cargar con la responsabilidad en el inminente asesinato de mi suegro, seguro de que trasuntaría en beneficio de la Humanidad, pero Cecilia no me lo perdonaría jamás. Y lo más importante: afearía una manifestación que hasta el momento había sido ejemplar, demostrativa de la educación y don de gentes de la parcialidad sanlorencista.

Y así, mientras me distraía en mis cálculos, de buenas a primera me encontré con que mi suegro, ayudado por Yáñez, se había encaramado al techo del camión. Con suerte se cae y se mata, me esperancé. Pero no hubo suerte, y pronto mi suegro saltaba en el techo junto a cinco a seis jovencitos.<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/11/detalle-monti.jpg"><img class="alignright size-thumbnail wp-image-884" title="detalle monti" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/11/detalle-monti-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></a>

Suspiré profundamente y resignado, decidí intervenir antes de que el muy bestia provocara una verdadera catástrofe: en cuanto se desprendiera la camisa y dejara a la vista de la muchedumbre la enorme insignia del detestado Globo que llevaba estampada en la remera, si acaso alguno de los jóvenes no reaccionaba a tiempo, despeñándolo desde lo alto, en pocos minutos la multitud enfurecida volcaría el camión sobre otra parte de la multitud en lo que acabaría siendo una masacre peor que la de la Puerta 12. Y adiós vuelta a Boedo.

–Ayudame a subir.

Una vez recuperado de su sorpresa, Yañez me dirigió una mirada cargada de amargura, muy semejante a las que Ferraresi dirigía a Marman luego de diagnosticarle una horrenda dolencia.

–¿Qué te pensás, gordo, que soy Súperman?

–Lo ayudaste a mi suegro.

–Es livianito. Vos…

–Es livianito porque lleva un globo… debajo de la camisa.

–No jodás…

–Y se subió para mostrarlo.

Fue la primera vez que, veterano de cien batallas entre hinchadas, Yáñez se mostró asustado.

–¡Ayuden che! –gritó– Tenemos que subirlo al gordo.

Mientras varios brazos me alzaban y yo me ayudaba apoyando mis pies en cabezas y hombros, Yañez suplicó:

–Tratá de pararlo a tiempo.

Traté. Apenas terminé de incorporarme, vi que mi suegro acababa de desprender los botones de la camisa y se disponía a quitársela en gesto desafiante. Sin pensarlo me abalancé sobre él, rodeándolo con mis brazos. Rodamos peligrosamente por el techo del camión, del que no caímos, porque uno de los muchachos nos detuvo involuntariamente, cayendo en nuestro lugar. Afortunadamente, había a nuestro alrededor tantos manifestantes que no llegó a tocar el suelo, de manera que por el momento, no lamentábamos ninguna víctima.

–Déjese de joder, Enrique. ¿Se volvió loco?

–Mi finado padre me mira desde el Cielo. Tengo que hacer algo con estos cuervos. ¡Hay más que en el Vaticano!

Pronto, mi suegro ya no pudo moverse, inmovilizado por mi peso, y los muchachos empezaban a trepar, de manera de podríamos bajarlo de ahí con la mayor discreción posible. No sería mucha: nuestras fintas y forcejeos en el techo del camión no habían pasado desapercibidos para los cronistas, que nos enfocaban con sus zoom y teleobjetivos. En cierto <img class="alignleft size-full wp-image-1208" title="monti_suegro_sl" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/03/monti_suegro_sl.jpg" alt="" width="150" height="150" />momento, mi suegro y yo, abrazados como personajes de <em>Secreto en la montaña</em> miramos hacia el mismo lado, con nuestras mejillas pegadas una junto a la otra, directamente a una cámara de televisión que, a menos de 70 centímetros, había surgido junto al camión elevada por una grúa.

La imagen causó sensación en los noticieros, pero el mayor disgusto fue verme al día siguiente en la primera plana del Popular sobre el epígrafe: “Bochornoso espectáculo homosexual brindan dos hinchas de San Lorenzo”.

Mi suegro quedó tan perturbado al ver que los grandes medios de comunicación no tildaban de hincha de San Lorenzo, que decidió entablar una demanda por calumnias e injurias graves. Pero lo peor es que esa noche no me abrió la puerta de la casa rodante.

Apenas me echó, Cecilia colocó la traba de la puerta de calle y tuve que caminar hasta la plaza más cercana. Me costó trepar la reja, pero finalmente conseguí pasar la noche tirado en un banco… de Parque Patricios.<p><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/12/44-los-cien-mil-hijos-de-lorenzo-massa/" rel="bookmark" title="Link to 44 &#8211; Los cien mil hijos de Lorenzo Massa"><img width="150" height="150" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/03/cuervos-150x150.gif" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="cuervos" title="cuervos" /></a></p>]]></content:encoded>
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		<title>43 &#8211; La conjura de los necios</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Mar 2012 15:12:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teodoro Boot</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<span class="image-rss"><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/05/43-la-conjura-de-los-necios/"><img title="43 &#8211; La conjura de los necios" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/11/saporiti.jpg" alt="43 &#8211; La conjura de los necios" width="157" height="200" /></a></span><br/>Me pregunto si los sentimientos paranoicos son síntomas de panic attack o prueba de que alguien realmente nos persigue. El diagramador Fernando Marman dice que ninguna de las dos cosas, que el panic attack es cuando por la noche te despierta el canto de un gallo y ya no podés dormir. Le contesté que hace [&#8230;] <a class="more-link" href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/05/43-la-conjura-de-los-necios/">&#8595; Read the rest of this entry...</a><p><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/05/43-la-conjura-de-los-necios/" rel="bookmark" title="Link to 43 &#8211; La conjura de los necios"><img width="150" height="150" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/03/La-conjura-de-los-necios-150x150.gif" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="La-conjura-de-los-necios" title="La-conjura-de-los-necios" /></a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<span class="image-rss"><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/05/43-la-conjura-de-los-necios/"><img title="43 &#8211; La conjura de los necios" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/11/saporiti.jpg" alt="43 &#8211; La conjura de los necios" width="157" height="200" /></a></span><br/>Me pregunto si los sentimientos paranoicos son síntomas de panic attack o prueba de que alguien realmente nos persigue. El diagramador Fernando Marman dice que ninguna de las dos cosas, que el panic attack es cuando por la noche te despierta el canto de un gallo y ya no podés dormir. Le contesté que hace años que no escucho cantar un gallo. Dice que duermo con un angelito porque no tengo panic attack.

–Pero de día tampoco escucho cantar a los gallos.

Marman me mira con gesto de preocupación.

–Debés estar sordo. ¿Te hiciste una audiometría?

–No estoy sordo. Vivo en Boedo.

–Claro, porque los gallos de Boedo no cantan, silban la cumparsita –comentó Saporiti.

Estábamos en la planta baja, esperando el ascensor, que es donde solemos conversar desde que convencí a Marman de que no le convenía subir al octavo, donde terminaría escuchando los diagnósticos de Ferraresi, lo que no sirve de mucho, porque sigue leyendo su columna con <a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/02/13/41-el-cuidado-de-su-salud/" target="_blank">consejos para la salud</a>. Pero el gran inconveniente de la planta baja es que se trata del sitio por el que más suele bambolearse Saporiti.

–Lo que quiero decir es que ya no hay gallos en la ciudad.

–Ya lo decía yo: los gallos son una especie en peligro extinción.

–¡Vos callate!<span id="more-1179"></span>

Marman nos miraba alternativamente a uno y otro en silencio. Su boca se había torcido hacia la derecha.

–¿Te pasa algo?

–Veo doble.

<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/11/saporiti.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-853" title="saporiti" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/11/saporiti.jpg" alt="" width="220" height="279" /></a>–A mí me pasa todos los días –comentó Saporiti.

–¿Y no tenés fiebre, presión en el cráneo, nauseas?

–Bueno, a la segunda botella…

Afortunadamente, en ese momento se abrieron las puertas del ascensor y pude escapar de los síntomas de la encefalitis. Afuera, Marman explicaba que la hinchazón de su cerebro le provocaría daños neuronales irremediables, pérdida de la memoria, retardo mental, dificultad en el habla, descontrol muscular y, si no conseguía llegar al hospital más cercano, una larga y dolorosa agonía. Saporiti le aconsejó desayunar cada mañana un vaso de Doble Ve con yema de huevo cruda.

Salí del ascensor en el octavo piso y entré a la sala de redacción.

–¿Por casualidad sentís fatiga o dolores de cabeza? –preguntaba Ferraresi.

El Niño Ramírez asintió.

–A veces sí.

–Mmmm. Probablemente estés incubando una angiomatosis baciliar. ¿No tendrás gatos, no?

El Niño Ramírez negó varias veces con aterrados meneos de cabeza.

–Mejor así. Si te llega a doler el cuello, o las articulaciones, llamá al Same inmediatamente. Si no te atendés de inmediato podés llegar a quedarte ciego.

–¿Ciego?

–Es la consecuencia más habitual de la angiomatosis.

Dejé al Niño Ramírez masajeando su cuello y entré al despacho de Mariani para que, en resguardo de mi salud mental, me permitiera retirarme antes de la hora. Además, me había propuesto resolver de una vez por todas lo de la bicicleta.

&nbsp;

Cecilia había dicho que estaba mal de la cabeza y que exageraba. Le contesté que no exageraba nada y que estaba perfectamente cuerdo, que todavía podía andar en bicicleta.  Sonrió, poniendo en duda mi seguridad.

–¡Si <a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/01/30/39-por-culpa-del-aumento/" target="_blank">choqué</a> fue por culpa de tu viejo!

–No fue mi papá el que te subió a la bicicleta de un chico de diez años, pero no hablo de eso sino de los chinos.

–¿Qué pasa con los chinos?

–No pasa nada con los chinos, eso es lo que yo digo.

Cecilia se estaba poniendo críptica, como todos los psicólogos cuando quieren que no les entiendas nada.

–¿Ves que estás paranoico? ¿También los psicólogos te persiguen?

Estaba por meter la pata. Yo sabía que estaba por meter la pata.

–No, nada más que las psicólogas. Por eso como mucho ajo.

Después de someterme a veinte minutos de recriminaciones, reproches y diagnósticos más tremebundos que los de Ferraresi, Cecilia volvió a la carga con lo de la paranoia y los chinos.<img class="alignright size-full wp-image-172" title="Cecilia-sin-telefono" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/05/Cecilia-sin-telefono1.jpg" alt="" width="175" height="180" />

–Claro, porque ahora resulta que los chinos no existen.

–No te hagas el pavo, Monti –cuando me trata por el apellido, es que el asunto viene espeso y acabará en tormenta–. No hay ninguna mafia china .

–La señora dice que la mafia china no existe y la mafia china, que existe desde hace mil años, deja inmediatamente de existir.

Los hombros de Cecilia se alzaron peligrosamente.

–Sabés bien que no estoy diciendo eso. Lo que digo es que no te persigue ninguna mafia china ni ningún supermercadista chino.

Asentí.

–Ya lo sé, porque yo no dije chinos. La que me persigue es la mafia coreana.

–¿Entonces por qué ya no querés ir al supermercado de Li?

–¿Y como sé yo que Li es chino?

–¡Y qué querés que sea! –estalló Cecilia– ¿Polaco?

–Puede ser coreano.

–No es coreano.

–Porque resulta que la señora ahora habla el idioma… Andá, si ni ellos se reconocen.

Cecilia se puso de pie, dando por terminada la cuestión.

–Pensá lo que quieras, pero yo no te voy a ir a comprar vino. Si querés vino para la cena, andá a comprar al supermercado de Avenida La Plata.

–¡Ni ebrio ni dormido! –exclamé–. Si vuelvo a pisar ese lugar será sólo para ver a San Lorenzo.

Salí entonces de casa seguro de no tener vino para la cena. Eso, y el temor a que mi descripción –¡tal vez hasta mi imagen tomada por la cámara de seguridad de la <a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/02/25/1157/" target="_blank">bicicletería</a>!– estuviera ya en manos de todos los comerciantes <img class="alignleft size-full wp-image-1188" title="china_i" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/03/china_i.gif" alt="" width="150" height="176" />coreanos de Capital y gran Buenos Aires, me llevó a retirarme del trabajo antes de hora y buscar en el centro algún negocio de bicicletas que no estuviera regenteado por chinos o coreanos. Lo encontré  recién al llegar a la avenida Córdoba.

Ahí estaba, <em>mi</em> bicicleta con motor, de sobrio color negro, opacada por las rutilantes y exageradas bicicross y otros vehículos igualmente inútiles para los hombres de trabajo. Pero doscientos pesos más cara.

Pensando que tal vez fuera la de la masa, sea lo que sea la masa, y en todo caso consolándome con la seguridad de que 200 pesos podía ser el razonable costo de una traducción en tiempo real, entré al negocio. Al menos podría enterarme de cómo se ponía en marcha el motorcito.

El vendedor era cortés y diligente como el que más, y evacuó con gran eficiencia y, lo que es más importante, en castellano, todas y cada una de mis dudas. Compré, además, un casco, un asiento fácilmente levantable, un candado y un canasto, que el vendedor colocó con amabilidad.

–Así de paso hago unas compras –dije, pensando en pasar de camino por una vinería–. Porque me la voy a llevar puesta.

El vendedor me miró con tristeza.

–Que me la voy a llevar andando…Era una broma…, lo de puesta.

–Sí, me di cuenta –suspiró–. Y le conviene llevar una bocina. La gente se distrae y no vaya a ser cosa de que se lleve a alguien por delante.

Compré la bocina y le pregunté donde podría conseguir un mapa de las bicisendas.

Volvió a mirarme con tristeza. Creo que le daba pena.

–Bájelo de Internet o pida uno donde alquilan bicicletas gratis.

–¿Alquilan bicicletas gra…?

–Pero no se lo recomiendo. Ni usted ni yo estamos en edad de leer esas letritas. Hacen los planos como para chicos de 15 años, que son capaces de pinchar con una aguja el culo de una hormiga.

Impresionado por la clase de chicos de 15 años que conocía el vendedor, le pregunté cuál era el mejor modo de llegar a Boedo.

–Andando –mi dijo.

–Sí, ya sé. Por eso le pregunto qué calles me conviene agarrar.

–Vaya hasta Suipacha, que tiene bicisenda. Y de ahí hasta Carlos Calvo. Por Calos Calvo puede llegar hasta la Avenida Boedo. Pero ojo que Suipacha es peatonal: no ande con el motor.

–¿Está prohibido?

–No sé, pero es peligroso.

Me coloqué el casco y nos despedimos con un apretón de manos. Le dije:

–No sé si usted se dará cuenta de lo bueno que es tratar con un argentino.

–Soy uruguayo.

–Eso quise decir. Me refiero a que no es oriental.

Me volvió a echar su mirada de tristeza.

–Es que soy… –su rostro se iluminó– Ah, usted habla de los orientales de occidente.

¿De esto hablaba yo? Me alcé de hombros.

–Como guste.

Y salí en mi propia bici, por primera vez después de más de 30 años, decidido a conquistar el mundo del pedal.<img class="alignright size-full wp-image-1190" title="monti_bici" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/03/monti_bici.gif" alt="" width="180" height="157" />

Mi primer tropezón fue en Suipacha, donde de ninguna manera hubiera podido ir impulsado por el motorcito, ya que el tanque estaba sin combustible. Es peatonal, ya lo sabía. Y llena de gente, lo que también sabía. Lo que no sabía es que la gente camina papando moscas y, no obstante el sonido de mi bocina, ya antes de llegar a Viamonte me llevé por delante al primer turista. Debe haber confundido mi bocina con la corneta de un payaso.

Al pasar Corrientes, mientras me preguntaba si la ocurrencia de hacer una bicisenda en una peatonal había sido del conde Drácula o de Heinrich Himmler, ya había atropellado a tres peatones, turista incluido, cuando de buenas a primera me encontré con que tanto la peatonal como la bicisenda habían desparecido y, a cambio, me descubrí rodeado de coches, taxis y colectivos en el denso tránsito de la hora pico. Llegué hasta Carlos Calvo, como pude y milagrosamente ileso, fuera del raspón en la rodilla y el pantalón roto, consecuencia del choque con el turista italiano, que me insultó en cien idiomas preguntándose cómo a questo grasso imbecille se le ocurría circular en bicicleta por una peatonal. Por Carlos Calvo, siempre pedaleando llegué trabajosamente hasta Virrey Liniers, sin encontrar una estación de servicio donde cargar combustible. A esa altura, ya había comprendido perfectamente que el motorcito, además de ser usado para casos de urgencia y en viajes largos, resultaba indispensable en verano: estaba hecho sopa.

Doblé por Virrey Liniers en busca de una estación de servicio que había visto en avenida  Belgrano y fue el acabose. Llevado por mi nueva compulsión a respetar escrupulosamente todas las reglas del tránsito, hija de la fragilidad de mi vehículo y muy especialmente la edad y mi patética condición física, caí en una nueva celada del conde Drácula.

Como muchos sabrán, en Virrey Liniers, 70 metros antes de llegar a Belgrano, desemboca la calle Venezuela, que viene desde el Bajo. Si bien la mayoría de los vehículos se van desviando a izquierda y derecha a medida que se aproximan al final, son muchos los que llegan a Virrey Liniers, donde se ven obligados a doblar hacia avenida Belgrano. En Belgrano y Virrey Liniers, a mano izquierda, está el instituto Dupuytren, frente al cual hay inevitablemente estacionada una ambulancia, por lo menos.

Nótese que dije “a mano izquierda”, que es la mano por la que circulan las bicisendas. Cuando el que iba haciendo la bicisenda de Virrey Liniers advirtió sorpresivamente que antes de llegar a Belgrano, desde 1952 está el Instituto Dupuytren, no pensó en hacer la bicisenda por otra calle sino que se le ocurrió algo mejor: la bicisenda cruza de mano al llegar a Venezuela, donde desembocan los vehículos que vienen desde el centro y se estorban, cuando no chocan, con los que circulan por Virrey Liniers, trabados en horarios pico por la bicisenda, que angosta la calle, y los cuatro contenedores para basura que el propio gobierno de Buenos Aires instaló en la bicisenda, que la angostan aún más. Justo en ese sitio, el ciclista cruza airosamente de mano amparado por una franja azul pintada en el pavimento.

–¡Gordo, por qué no te vas a comer flan con dulce de leche!

–¡Volvete a la bicicleta fija, pelo…!

–Uy, guarda con el dirigible.

Son algunos de los comentarios recibidos en esos escasos cuatro metros en que zigzagueé entre autos y camionetas detenidos o avanzando a cincuenta centímetros por minuto a breves y violentos impulsos. Insultos que se repitieron, amplificados, cuando al llegar a Belgrano, la franja azul vuelve a cruzarse de mano, todavía más peligrosamente, pues al abrir el semáforo, los automóviles parten como disparados por un cohete, decididos a recuperar el tiempo perdido en esa infernal cuadra.

Al cruzar Belgrano y Virrey Liniers al mismo tiempo, siempre al amparo de la franja azul, infalible como las Naciones Unidas, vi a mi izquierda que la estación de servicio estaba en Maza. No iba a circular por Belgrano de contramano, de manera que seguí hacia Moreno, y di una larga vuelta hasta llegar a la estación de servicio.

–Es una conjura –comenté al joven que me atendió.

–Sí, el aceite y la nafta están caros.

–Hablo de la bicisenda. Está hecha para asesinar ciclistas.

El joven me miró con asombro.

–¿Bajabas por Virrey Liniers y seguiste hasta Moreno? Sos un inconciente.

¿Yo?

Llenó el tanquecito con la mezcla y me cobró.

–¿Y ahora por dónde voy hasta Garay?

–No se te ocurra volver a agarrar la bicisenda por Belgrano. Lo mejor es que vayas por Maza hasta la primera, que es la continuación de Venezuela y ahí doblás a la izquierda.

–Pero Maza es contramano.

–Las dos son contramano. Por Maza andá por la vereda, porque viene mucho tránsito.

–¿Por la vereda? ¿A mi edad?

–Sí, pero sin usar el motor. Por la otra no viene nadie, así que podés ir por la calle. Es una cuadra y agarrás la bicisenda. Pero ojo con los peatones, que esperan que el tránsito venga del otro lado y se bajan a la bicisenda. Ahí los agarrás de atrás, desprevenidos, como quien dice, “a traición”.

Lancé un hondo suspiro.

–Pero si fuera vos –prosiguió– aprovecharía el motor y me mandaría por otras calles, porque esto es casi una motito.

–¿Te parece?

Asintió gravemente.

–Algunas bicisendas son muy peligrosas –explicó–. Vos andás confiado y en cualquier momento te encontrás con una trampa como la de Virrey Liniers.

El joven vendedor coincidía conmigo: se trata de una conjura para asesinar ciclistas.

Me gustaría saber quién la organizó, porque es demasiado para el conde Drácula y Heinrich Himmler falleció hace una punta de años. Creo, porque a veces parece que siguiera vivo.<p><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/03/05/43-la-conjura-de-los-necios/" rel="bookmark" title="Link to 43 &#8211; La conjura de los necios"><img width="150" height="150" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/03/La-conjura-de-los-necios-150x150.gif" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="La-conjura-de-los-necios" title="La-conjura-de-los-necios" /></a></p>]]></content:encoded>
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		<title>42 &#8211; Traduttore traditore</title>
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		<pubDate>Sat, 25 Feb 2012 20:46:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teodoro Boot</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>

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		<description><![CDATA[<span class="image-rss"><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/02/25/1157/"><img title="42 &#8211; Traduttore traditore" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/11/detalle-monti1-150x150.jpg" alt="42 &#8211; Traduttore traditore" width="200" height="200" /></a></span><br/>Me sorprendió encontrar al diagramador Fernando Marman esperando el ascensor: trabaja en el primer piso y sube las escaleras, gracias a su buen estado físico, saltando los escalones de dos en dos. –Tengo las piernas agarrotadas –explicó en tono desmayado. Le hice notar que desde que viene a trabajar diariamente en bicicleta, es lógico que [&#8230;] <a class="more-link" href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/02/25/1157/">&#8595; Read the rest of this entry...</a><p><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/02/25/1157/" rel="bookmark" title="Link to 42 &#8211; Traduttore traditore"><img width="150" height="150" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/02/traduttore-traditori-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="traduttore-traditori" title="traduttore-traditori" /></a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<span class="image-rss"><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/02/25/1157/"><img title="42 &#8211; Traduttore traditore" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/11/detalle-monti1-150x150.jpg" alt="42 &#8211; Traduttore traditore" width="200" height="200" /></a></span><br/>Me sorprendió encontrar al diagramador Fernando Marman esperando el ascensor: trabaja en el primer piso y sube las escaleras, gracias a su buen estado físico, saltando los escalones de dos en dos.

–Tengo las piernas agarrotadas –explicó en tono desmayado.

Le hice notar que desde que viene a trabajar diariamente en bicicleta, es lógico que sienta cierto entumecimiento en los músculos de las piernas.

–No es eso. Me parece que estoy muy enfermo.

–Andás siempre imaginando enfermedades.

Negó estar imaginando nada:

–¿Y de los síntomas qué me decís?

Lo miré con más atención. Se lo veía realmente muy pálido, con profundas ojeras. Su mano derecha temblaba ligeramente.

–¿Qué síntomas?

–¿No ves que tengo las pupilas dilatadas?

–No.<span id="more-1157"></span>

<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/11/detalle-monti1.jpg"><img class="alignleft size-thumbnail wp-image-885" title="detalle-monti" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/11/detalle-monti1-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></a>–¿Cómo que no? –se encrespó.

–No –insistí–. No me parecen dilatadas.

–Ah. A vos no te parecen, pero están.

–¿Y qué más? –bufé.

–Dolores de cabeza, fatiga, náuseas, pérdida de apetito, insomnio…

Subimos al ascensor.

–…me siento deprimido, me molestan los ruidos y la luz, me quemo con la bombilla del mate…

–Que te quemás…

–Sí. Y tengo dificultades para tragar. También estoy todo el día salivando… como los perros –añadió al borde del llanto.

–Debés estar nervioso…

–¡Claro que estoy nervioso! ¿Cómo querés que esté, si en cualquier momento me empiezan las convulsiones?

No le pregunté por qué creía que en cualquier momento tendría convulsiones y me enfoqué en las efectividades conducentes.

–¿Fuiste al médico?

–No, pero consulté con el Google.

–¿Por qué no vas al médico y te dejás de jorobar?

–¿Para qué? ¿Para que me encierren?

–¿Por qué te van a…?

–Además, Ferraresi…

–No le habrás preguntado a Ferraresi.

–… se fijó en esa enciclopedia médica que tiene.

Debajo de la gruesa capa de indolencia que reviste al Flaco Ferraresi como el blindaje a un acorazado, acecha un sádico empecinado en enloquecer a Marman.

–Pueden indicar muchas cosas –prosiguió Marman–, pero todos los síntomas juntos apuntan a una sola enfermedad.

Me miró en silencio, con expresión de súplica, buscando váyase a saber qué cosa. Piedad, conmiseración, una luz de esperanza, un tiro de gracia…

–Hidrofobia –dijo en un susurro.

–Pero…

Dio graves cabeceos de asentimiento.

–El Flaco se fijó bien y no hay dudas. Pero no creas que yo ya no lo sospechaba.<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/08/ferraresi.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-513" title="ferraresi" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/08/ferraresi.jpg" alt="" width="180" height="267" /></a>

–Claro. ¿Y qué más te dijo?

–Que después de experimentar dificultades respiratorias, voy a tener espasmos en la traquea y probablemente asfixia.

–Y ahí te morís…

–No. Ahí me hacen la traqueotomía. Después vienen las convulsiones, empiezo a echar espuma por la boca… ¿No empecé ya?

–¿A qué?

–A echar espuma.

–No, quedate tranquilo.

–¿En serio no echo? ¿Y esto que es?

–Un globito de saliva.

Marman escupió en sus dedos y los estudió detenidamente.

–Después caigo en estado de coma.

–Me imagino que Ferraresi te habrá dado algún remedio.

–Dice que no tiene cura. Que me resigne cristianamente…

–Pero vos no sos cristiano.

–Parece que me tengo que bautizar.

–¿Y te vas a…?

–Me bautizaría, pero tengo miedo de morder al cura cuando me salpique con agua.

Marman me había acompañado hasta el octavo piso. Salimos juntos del ascensor y entramos a la sala de redacción. Al fondo, Ferraresi, que conversaba con el Niño Ramírez, fingió no advertir nuestra presencia.

–Hay pocas cosas –decía Ferraresi– que el hombre promedio aprecie más que un buen par de firmes y bonitas tetas.

El Niño Ramírez asintió, como si supiera.

–Poseen un inigualable poder para elevar el espíritu del hombre y lanzarlo hacia las aventuras más arriesgadas –siguió diciendo Ferraresi–, aunque no producen los mismos efectos cuando las firmes y bonitas tetas son suyas.

<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/04/niño.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-49" title="niño" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/04/niño-159x300.jpg" alt="" width="159" height="300" /></a>–¿Cómo suyas? –preguntó intrigado el Niño Ramírez.

–Sí, que no las ve en el cuerpo de una mujer sino que le crecieron a él.

–¿Al tipo? ¿Es un travesti?

–No. Tiene ginecomastia, una dolencia bastante común provocada por un desbalance hormonal del organismo masculino.

A mi lado, Marman tragó con dificultad (por la hidrofobia, seguramente)

–Pero eso le pasa a los… Usted sabe –tartamudeó el Niño.

–No, no sé –replico ásperamente Ferraresi–. Y desde ya, carece de la menor relación con los gustos sexuales de cada quién. Por el contrario, es más frecuente en los varones heterosexuales.

–¿Y los síntomas…? –gimió Marman.

Ferraresi hizo de cuenta que la pregunta había sido del Niño.

–El más evidente, las tetas. Pero antes de hacértelas crecer, el cuerpo avisa. Te empiezan a doler las piernas, acá, en las pantorrillas, tenés dificultades para tragar, ansiedad, dolores de cabeza, fatiga, náuseas, pérdida de apetito, insomnio…

–Y la boca llena de saliva… –murmuró Marman, que había comenzado a palparse el torso.

–Y la boca llena de saliva –confirmó Ferraresi.

–¿Y que hace uno, señor Flaco?

Ferraresi se alzó de hombros.

–Antes de los primeros síntomas y a manera de prevención, no andes en bicicleta.

–¿Qué pasa con la …? –volvió a gemir Marman.

–Así como mancilla en forma irremediable la inocencia femenina, el asiento de la bicicleta provoca desequilibrios hormonales en el cuerpo masculino. Pero una vez declarada la enfermedad, ya es tarde.

–Ay –siguió gimiendo Marman.

–¿No hay nada que se pueda hacer? –preguntó el Niño.

–Comprarte un corpiño.

Marman se apoyó en mi hombro.

–Me siento mal. Me parece que me voy a retirar.

Recién entonces Ferraresi fingió reparar en el diagramador.

–¿Te falta el aire?

Marman asintió.

–¿Y tenés como un sofoco? ¿Mareos… dolor de piernas…?

–Sí, y me duele la boca del estómago.

Los ojos del Niño Ramírez se abrieron asombrados.

–No le estarán creciendo…

Marman aplastó las manos contra su pecho.

–¡No me está creciendo nada!

–Seguro que no –convino Ferraresi–. Lo que pasa es que te está viniendo un panic attack.

–¡Un panic attack! Rápido me tengo que ir. Omar, ocupate de mi bicicleta. Yo ya no la voy a usar más.

Y antes de que alcanzara a contestarle nada, Marman ya corría hacia las escaleras.

Creo que resulta obvio aclarar que no me ocupé de la bicicleta de Marman, y no por falta de voluntad. Por empezar, ignoraba dónde la había dejado y desconocía su tipo y color, por no mencionar que en el apuro, el diagramador había olvidado darme la llave del candado. Me pareció que tampoco llevaba las prendas adecuadas para regresar pedaleando hasta Boedo. Terminaría hecho un estropicio, por no mencionar mi absoluto desconocimiento sobre los recorridos de las bicisendas. Había visto algunas, al pasar, pero jamás les había prestado atención y no me parecía prudente, después de tantos años y tras el<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/01/30/39-por-culpa-del-aumento/" target="_blank"> infortunado choque</a> <strong></strong>contra la casilla de mi suegro como único antecedente inmediato, salir en <a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/02/bici.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-1164" title="bici" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/02/bici.jpg" alt="" width="180" height="182" /></a>bicicleta del centro, a horario pico y fuera de la protección de las bicisendas. Pero el ofrecimiento de Marman volvió a despertar mi interés y renovó mis intenciones de hacer ejercicio y a la vez bajar el costo de mi traslado diario rumbo a la revista, duplicado súbitamente como por arte de magia.

Antes de salir de la revista, busqué en Internet un plano de las bicisendas, sorprendiéndome de que fueran tan pocas, lo imprimí y las estudié de regreso a Boedo. No podría llegar hasta la revista sin correr algunos riesgos serios, aunque la principal dificultad era la distancia: muy probablemente y con mucho esfuerzo, llegaría hasta el centro, pero ¿tendría fuerzas para volver?

Con estos temores bullendo en mi cerebro llegué al barrio y se me ocurrió pasar por una bicicletería que me parecía haber visto camino a casa. Antes de entrar, eché una mirada a la vidriera y entonces la vi, rutilante en medio de sus proletarias congéneres. La grácil bicicleta negra se distinguía del resto por un detalle: el pequeño motor conectado a la rueda trasera.

El motor era mi salvación: llegara a donde llegase pedaleando, siempre podría regresar sin esfuerzo.

Agucé la vista y conseguí distinguir el precio, no mucho mayor que el de una bicicleta común con cambios de velocidades.

Me compro un casco…

Pero no todo era tan sencillo. Antes debía averiguar varias cosas. Primero y principal, si era apta para circular pedaleando.

¿Y no sera muy pesada? ¿Cómo se encenderá? ¿Será fácil pasar de los pedales al motor? ¿Cómo hago con el asiento? Si me impulso a motor, conviene que esté bajo, para mayor comodidad al detenerme en las esquinas, pero si voy pedaleando, conviene ubicarlo a la mayor altura posible. ¿Lo podré bajar y subir de alguna forma simple?

Las preguntas surgían constantemente seguidas de numerosas, hipotéticas y absurdas respuestas.

Mejor entro y pregunto, me dije.

No fue tan fácil.

El local era largo y lleno de bicicletas alineadas prolijamente a los lados en una suerte de guardia de honor del futuro ciclista. Al fondo, detrás de un mostrador, esperaba la vendedora. Me detuve en el camino, a observar de cerca el modelo <a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/02/monti_i.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-1168" title="monti_i" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/02/monti_i.jpg" alt="" width="180" height="180" /></a>con motor que había admirado en la vidriera. Parecía sólida y a primera vista, el motor lucía más confiable que los pequeños cuzziolos que impulsaban a algunos privilegiados en mis tiempos de infancia. Miré distraídamente el cartoncito que colgaba del manubrio. ¿Cómo? ¿200 pesos más que la de la vidriera? Regresé hacia la vidriera y estudié la otra bicicleta: eran exactamente iguales.

Con una primera pregunta en mente, me dirigí hacia el mostrador. Me pareció que la vendedora me sonreía exageradamente, aunque tal vez se trataba de la falsa impresión de afabilidad que dan algunos chinos neurasténicos.

–¿Qué diferencia hay entre esta bicicleta y la que está en la vidriera?

–Masa.

La miré y tras un esfuerzo por decodificar la respuesta, volví a preguntar.

–La diferencia… entre esta y aquella.

–Masa.

–No, pesos. Esta es más cara.

La vendedora asintió.

–Más cara. Masa, masa.

Asentí como si hubiera entendido algo.

–¿Y no hay un modelo con guardabarros?

–¿Gualabalo?

–Para el barro.

Ahora la que asintió fue ella.

–Ah, balo.

–Sí.

Volvió a asentir, y de inmediato negó.

–No balo. Ciudad, no balo.

Bueno, me dije con resignación, vamos a lo importante.

–¿Para encender el motor hay que pedalear?

–Sí, pedalea. Bicicleta.

–Quiere decir que yo pedaleo y se enciende el motor…

La vendedora sonrió y señaló el motor.

–Sí, motol.

–¿Pero puedo pedalear sin encender el motor?

Volvió a asentir, siempre con una gran sonrisa estrujándole el rostro

<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/02/china.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-1170" title="china" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/02/china.jpg" alt="" width="150" height="176" /></a>–Sí, motol. Motol no pedalea.

–¡Ya sé que el motor no pedalea!

–No glita.

–¡No estoy gritando! –grité

–¡Goldo no glita! –gritó a su vez la vendedora.

No sé cuántos años de cárcel le dan a uno por estrangular a una vendedora china y por suerte sigo ignorándolo, gracias exclusivamente al señor Wong, de la Gran Agencia de Noticias Chino Lusitana con sede en Liberia, que en ese preciso instante en que uno empieza a ver todo rojo y se le nubla la vista y pasa a la categoría de asesino sicópata, me llamó por el celular.

Callé a la vendedora con un gesto imperativo de mi mano derecha y atendí al señor Wong, quien sin  darme tiempo a nada, disparó.

–Tem que seguil lastro do Wei Wei Ding. ¡Istá em  Buenos Ailes!

–¿Quién?

–Wei Wei Ding –exclamó el señor Wong como si dijera “Maradona”– A leina do fado.

¿La reina del fado?

–No, señor Wong. La reina del fado era Amalia Rodrígues, hace 50 años.

–Psss. Uma vulgar imitadora. A veldadeila leina do fado do Macau é Wei Wei Ding. Desapareceu durante a Revolução Cultural. Os Guardas Vermelhos querian forçar a cantar canzonetta napolitana. Imaginese.

–Sí, me imagino. Pero tengo un proble...

–Tem que facel intelviú exclusivo. Selá a noticia do plimela plana en tudo o continente chino.

–Asiático.

–Também el asiático.

–¿Y dónde la encuentro?

–Em colectividade china do Buenos Ailes. E facilmente reconhecida: tem acento do Macau.

Con esa pista ¿quién podría fallar?

–Ya pongo manos a la obra, señor Wong. Pero antes, necesito que me haga un favor, una pequeña traducción.

–¿É o Português?

–No del chino. Verá, es que quiero comprar una bicicleta...Y el motor...

Expliqué al señor Wong lo que en vano había pretendido preguntar a la vendedora y la puse al habla, para que Wong me hiciera de intérprete.

La vendedora escuchó largo rato, luego intercambió unas palabras y fue subiendo de tono, hasta que roja de ira aulló unas onomatopeyas parecidas al estertor agónico de un elefante demente y me arrojó el celular a la cabeza, sin dejar de gritar.

Alcancé a reaccionar cuando un chino armado de un palo surgió de la trastienda. Aprovechando que debía dar un largo rodeo alrededor del mostrador, recogí el celular y salí a la carrera de la bicicletería.

Por el celular el señor Wong seguía vociferando onomatopeyas chinas.

–Hola, señor Wong.

<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/07/wong.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-377" title="wong" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/07/wong.jpg" alt="" width="250" height="205" /></a>–Ah, é você. ¿Que aconteceu com a plostituta?

–Qué prostituta?

–Plostituta coleana.

–¿No era china?

–¡Cómo se le ocule! –se encrespó el señor Wong–. Mais, ¿plostituta aceptó o motol?

–¡No aceptó nada! ¿Qué le dijo?

–O que você pediu. Eu nunca imaginei as coisas podeliam ser feitas com um motol.

–¿Qué cosas?

–Uma perversão bizala de Buenos Ailes, segulo.

No le pregunté al señor Wong que había entendido, un poco por temor a escuchar la respuesta pero más que nada porque el chino seguía corriendo detrás mío. Los transeúntes nos miraban intrigados. Algunos hasta sonreían. Por suerte, ninguno entendía el significado de sus gritos y para más suerte aun, conseguí un taxi en seguida.

Pero la mayor de todas las suertes fue que el chofer no era chino.<p><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/02/25/1157/" rel="bookmark" title="Link to 42 &#8211; Traduttore traditore"><img width="150" height="150" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/02/traduttore-traditori-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="traduttore-traditori" title="traduttore-traditori" /></a></p>]]></content:encoded>
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		<title>41 &#8211; El cuidado de su salud</title>
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		<pubDate>Mon, 13 Feb 2012 15:10:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teodoro Boot</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<span class="image-rss"><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/02/13/41-el-cuidado-de-su-salud/"><img title="41 &#8211; El cuidado de su salud" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/06/jacobaci250.jpg" alt="41 &#8211; El cuidado de su salud" width="200" height="200" /></a></span><br/>Mi nueva estadía en el hospital, multiplicada hasta el infinito por el video de Youtube, recordó a Mariani su idea de inaugurar en la revista una sección sobre Salud. En su malvada imaginación cordobesa, el editor de la nueva sección sería yo y la redacción estaría a cargo de Saporiti, lo que no parecía muy [&#8230;] <a class="more-link" href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/02/13/41-el-cuidado-de-su-salud/">&#8595; Read the rest of this entry...</a><p><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/02/13/41-el-cuidado-de-su-salud/" rel="bookmark" title="Link to 41 &#8211; El cuidado de su salud"><img width="150" height="150" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/02/El-cuidado-de-la-salud-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="El-cuidado-de-la-salud" title="El-cuidado-de-la-salud" /></a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<span class="image-rss"><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/02/13/41-el-cuidado-de-su-salud/"><img title="41 &#8211; El cuidado de su salud" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/06/jacobaci250.jpg" alt="41 &#8211; El cuidado de su salud" width="200" height="200" /></a></span><br/>Mi nueva estadía en el hospital, multiplicada hasta el infinito por el video de Youtube, recordó a Mariani su idea de inaugurar en la revista una sección sobre Salud. En su malvada imaginación cordobesa, el editor de la nueva sección sería yo y la redacción estaría a cargo de <a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2011/11/07/29-%c2%bfque-quieres-tu-de-mi/" target="_blank">Saporiti</a>, lo que no parecía muy prudente. Pero lo primero es lo primero:
–¿Por qué yo?
–Porque nadie en la revista estuvo tantas veces internado en un hospital…
–En la guardia… –corregí.
–…y se ha hecho por eso tan famoso –Mariani apoyó una mano en mi hombro–. Me complace decirte que lo tuyo no es simplemente el minuto de fama que no se le niega a nadie. Tus hazañas están dando la vuelta al mundo, de París y Nueva York a Berrotarán y Cura Brochero.
–Dejate de joder, Mariani.
Mariani adoptó el empaque de secretario de Redacción y alzó una ceja, la izquierda.
–Además –dijo– le expliqué al ingeniero<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2011/06/13/8-el-regreso-del-senor-director/" target="_blank"> Quintana Jacobaci </a>que estabas haciendo una investigación y que subimos el video para promocionar la nueva sección sobre Salud.
¿Subimos?
Me empezó a faltar el aire
–Al ingeniero…, pero ¿por qué?
–Porque cuando encendió la computadora y vio tu video sufrió una descompensación y la señorita Copley tuvo que reanimarlo con el alcohol que lleva en su petaquita. Ahora está que trina.<span id="more-1138"></span>
<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/06/jacobaci250.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-216" title="jacobaci250" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/06/jacobaci250.jpg" alt="" width="200" height="200" /></a>–¿El ingeniero?
–La señorita Copley. Pero quedate tranquilo: ya mandé a Ramírez a la farmacia a comprar más.
–Te darás cuenta –argumenté, ensayando otra línea de ataque, o de defensa, vaya uno a saber– que Saporiti no está en condiciones de hacerse cargo de esa sección.
–Es un gran periodista –exageró Mariani–. Va camino a superar a Hemingway.
“Por lo alcohólico”, pensé, aunque bien mirado, estaba siendo muy injusto con Saporiti: Hemingway nunca tuvo que escribir las efemérides para el Esquire y así y todo se había pegado un tiro. Esta revelación minaba mi confianza en mí mismo y todo argumento que encontraba para oponerme a la inclusión de Saporiti en la sección de salud me terminaba pareciendo pueril y caprichoso. Sin embargo, fue el propio Saporiti quien vino en mi ayuda, o más precisamente, su misterioso informante, el profesor Calvo.
–No se llama Calvo –aclaró Saporiti luego de dejarme hacer diariamente el ridículo durante más de un mes–, <em>es</em> calvo.
Lo miré en silencio, supongo que con expresión bovina, pues se creyó obligado a precisar:
–Pelado, sin pelo en el balero.
–Sí, entendí. Como Kojac.
–¿Quién es Kojac, señor Monti? –preguntó el Niño Ramírez, como siempre atento a las conversaciones ajenas.
Espanté unos invisibles insectos y volví a Saporiti.
–¿Qué pasó con el pelado?
–El profesor –corrigió Saporiti con una mueca de mortificación–. No te burles de mis auxiliares.
–No me burlo. Vos me dijiste tantas veces que era calvo que pensé que se llamaba así.
–Vos entendés lo que se te antoja.
Y así hubiéramos seguido durante horas de no ser porque Saporiti se encontraba realmente desesperado.
–El profesor, que es pelado pero que no se llama Calvo, es uno de los que me mandan fechas de efemérides.
Eso era una revelación para mí. Hasta el momento nunca había pensado que Saporiti tenía que extraer la lista de efemérides de algún lado.
–Descubrí que me engaña –seguía diciendo Saporiti–. Me manda efemérides que no son.
–¿Cómo que no son?
–Que no son –insistió–. Además, me manda unas pero no me manda otras.
Me estaba haciendo una galleta mental y ya no sabía de qué me hablaba. Me volví hacia Ferraresi en busca de ayuda, pero Ferraresi permanecía abstaído en las burbujas del protector de pantalla de su monitor. El Niño Ramírez alzó la mano.
–¿Puedo?
Asentí.
–Lo que el señor Saporiti quiere decir –explicó el Niño– es que el profesor Calvo es…
–¡No se llama Calvo! –gritó Saporiti con voz inusualmente atiplada.
–…arbitrario y discrecional en los temas que elije.
Miré a Saporiti, que daba cabeceos de asentimiento.<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/11/saporiti1.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-887" title="saporiti" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/11/saporiti1.jpg" alt="" width="200" height="207" /></a>
–Fijate que en los últimos meses me mandó ocho efemérides de Orestes Omar Corbatta. Está bien que se haya muerto un 6 de diciembre, pero el tipo me lo puso también el 8, día de la Inmaculada Concepción de la Virgen.
–¿Cómo que la inmaculada concepción…?
Me desentendí del Niño Ramírez y aventuré:
–Se equivocó de fecha…
–No se equivocó nada. El 6 me mandó una efemérides sobre la muerte de Orestes Omar Corbatta y el 8 otra, porque parece que ese día tomó la primera comunión.
–Será muy religioso…
–¡Es hincha de Racing, eso es lo que es!
Mi mente empezaba a remontarse hacia galaxias lejanas al tiempo que me preguntaba “¿Qué estoy haciendo acá?”.
–¡Y mientras me mandaba ocho efemérides de Corbatta – prosiguió Saporiti, ya al borde del descontrol– no hizo ninguna mención a Raúl Emilio Bernao, que murió un 26 de diciembre!
–Diciembre –comentó pensativo Ferraresi, sin apartar la vista de las burbujas–. Mal mes para los wines.
Saporiti lo miró sorprendido.
–Los  wines derechos –precisó.
Debía tratarse de un error. Nadie está libre de cometerlos, ni siquiera un profesor. Si bien una sospecha cruzó fugazmente por mi mente, la descarté de inmediato y traté de consolar a Saporiti.
–No son errores –negó Saporiti–. Hace de la Historia lo que quiere. Para él, Independiente nunca existió y el único club de futbol que hay, hubo y habrá jamás entre el Riachuelo y  La Plata, se llama Racing.
–Bueno –argumenté en tímida defensa del profesor calvo, en minúscula–. Vos estás todo el tiempo cambiando las fechas en que ocurrieron las cosas.
–¡Porque me aburro! Pero esto es peor.
¿Podía haber algo peor que matar a Manuel Belgrano en febrero, de calor, o hacer que San Martín cruzara los Andes en tren?
Saporiti daba pesados cabeceos.
–Peor que peor. ¿Te acordás de la efemérides del 17 de octubre?
Me acordaba:
“1908. Eduardo Newbery desaparece en el Río de la Plata.
”A bordo del globo Pampero y acompañado por el sargento Eduardo Romero, el odontólogo y piloto, hermano de  Jorge Newbery, es arrastrado por un fuerte viento hacia el Río de la Plata, de donde él y su copiloto jamás regresaron y vivieron por siempre felices en Punta del Este, en perpetua luna de miel”.
Saporiti asintió.
–No sé por qué le borraste la última línea…. En fin, que según el profesor, la movilización de los trabajadores del 17 de octubre de 1945 la organizó Carlos Eduardo Robledo Puch. Y frente al diario Crítica mataron al naturalista Charles Darwin. ¡Si Robledo Puch no había nacido en 1945! Menos mal que me di cuenta.
–Sí, menos mal. Pero no se te ocurrió nada mejor que cambiar a Robledo Puch por López Rega.
Saporiti me miró confundido.
–Siempre estaba metido en todos lados…Me pareció…
–Y menos mal que te corregí lo de Darwin.
–¿Estaba mal?
<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/04/niño.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-49" title="niño" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/04/niño-159x300.jpg" alt="" width="159" height="300" /></a>–¿Quién es Robledo Puch? –preguntó El Niño Ramírez.
–Leé las efemérides de Saporiti y te vas a enterar –dijo distraídamente Ferraresi.
–Sí –dijo Saporiti . Pero no aguanto más. No aguanto más. ¡No aguanto más!
–Pará, no grités.
–¡No estoy gritando! –gritó– ¡Es que no aguanto más!
Y siguió gritando, tanto que hasta el ingeniero Quintana Jacobaci se asomó a la puerta de su despacho. Me miró con aversión.
–Esta algarabía no se deberá a que acaba de hacer otro strip tease… –se volvió hacia la señorita Copley, hasta el momento oculta tras su enorme corpachón –La de este hombre es una conducta realmente indecorosa y desvergonzada ¿verdad Miss Copley?
La señorita Copley asintió y bebió un trago de su petaquita.
Fue como si hubiera agitado un trapo rojo delante de un toro. Al ver la petaca y en pleno síndrome de abstinencia, Saporiti se abalanzó sobre ella, pero la señorita Copley la defendió con uñas y dientes, literalmente.
Supongo que fue el hecho de verse envuelto en la refriega, a la que se sumó Mariani con el propósito de poner a salvo al ingeniero, que enhiesto, estático y demudado como un menhir céltico observaba el revuelo que se había armado a su alrededor, lo que convenció a Mariani de que, al menos por el momento, Saporiti no se encontraba en condiciones de hacerse cargo de una sección tan delicada como la destinada al cuidado de la salud.
Así es como se llama: “El cuidado de su salud”, finalmente a cargo del Flaco Ferraresi, quien tomó su nueva responsabilidad con la misma displicencia y fatalidad con que escribe las apostillas, aforismos y breves con que busca deprimir al diagramador <a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/01/30/39-por-culpa-del-aumento/" target="_blank">Fernando Marman</a>.
Y tal como lo había planeado originalmente Mariani, en mi carácter de editor de la sección, el responsable final seguía siendo yo, pero confieso que en un primer momento sentí que me sacaban de encima el monumento de los españoles. Lancé un suspiro de alivio.
El Niño Ramírez parecía presa de una gran excitación.
–¿Usted sabe algo del cuidado de la salud, señor Flaco?
–Psssss –respondió Ferraresi.
–¿Y lo puedo ayudar?
–¿Tenés al día el archivo de necrológicas?
–Sí –mintió el Niño.
–Bueno –dijo Ferraresi luego de reflexionar unos minutos–. Andá a ver a Marman, comentale de la nueva sección y después contame cómo está.
El Niño salió disparado rumbo al ascensor y yo tuve una sensación…. ¿cómo decirlo? ¿inquietante? No era sólo malestar estomacal: había algo más. “Deben ser gases”, me dije, olvidando que siempre hay que hacerle caso al cuerpo. El cuerpo avisa, por si no lo sabían.
Al parecer y de acuerdo al informe del Niño Ramírez, a las distracciones a que lo llevaban la tensión nerviosa, el exceso de trabajo y el insomnio, Marman había sumado cierto entumecimiento en las piernas y calambres nocturnos, así como dolores en las pantorrillas, provocados seguramente por su nueva costumbre de venir a trabajar en bicicleta.
Ferraresi escribió:
“El cuidado de su salud.
”Si su médico le dice que su cerebro es una esponja, no se alegre: es probable que no sea un elogio y el facultativo no se refiera a su capacidad de absorber conocimientos sino a que usted padece la enfermedad de Creutzfeldt  Jacob y su cerebro es realmente una esponja.<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/11/detalle-monti.jpg"><img class="alignright size-thumbnail wp-image-884" title="detalle monti" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/11/detalle-monti-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></a>
”La enfermedad es provocada por una proteína patógena trasmisible a través de los alimentos que se aloja en su cerebro y mata las células, dejando pequeños huecos en su estructura para hacerlo primero parecer un queso gruyere, aunque pronto dejándolo con el aspecto, la consistencia y las capacidades asociativas de una esponja de mar.
”Al principio, usted sentirá cierta confusión y pérdida de memoria, para pasar gradualmente a los cambios de humor, la depresión, el insomnio, los estados paranoicos y la inevitable demencia, que es al fin de cuentas un consuelo, ya que pronto tendrá comezón en todo el cuerpo, espasmos musculares, pérdida de coordinación y parálisis, hasta que finalmente sobrevendrá la muerte, al cabo de treinta años de horrendos padecimientos.
”El método ideal para prevenirla es abstenerse de introducir objetos en su cerebro o a través del globo ocular, especialmente si provienen del cadáver de una persona muerta de Creutzfeldt  Jacob. De igual manera, es altamente recomendable no comer carne de vaca, oveja o perro que se haya alimentado  de cadáveres afectados del mal, no diagramar revistas ni aceptar transfusiones de sangre en ninguna circunstancia. Sin embargo, es posible que en el mismo instante en que usted esté leyendo estas líneas ya lleve la enfermedad en los genes, trasmitida por sus padres en el acto de aparearse. En tal caso, no hay nada que sea posible hacer para prevenir ni remediar nada y si es creyente, concurra ahora a ver a su sacerdote antes de que sea tarde y lo echen de la iglesia por imitar a Michael Jackson”.
Tengo que hacer algo con mi presión, averiguar por qué se dispara tan imprevistamente.
Por las dudas, no se lo preguntaré a Ferraresi.<p><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/02/13/41-el-cuidado-de-su-salud/" rel="bookmark" title="Link to 41 &#8211; El cuidado de su salud"><img width="150" height="150" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/02/El-cuidado-de-la-salud-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="El-cuidado-de-la-salud" title="El-cuidado-de-la-salud" /></a></p>]]></content:encoded>
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		<title>40 &#8211; Rumbo a la fama</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Feb 2012 16:00:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Teodoro Boot</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<span class="image-rss"><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/02/06/40-rumbo-a-la-fama/"><img title="40 &#8211; Rumbo a la fama" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/02/bici_i.jpg" alt="40 &#8211; Rumbo a la fama" width="200" height="200" /></a></span><br/>–No sabés la cantidad de gente que tiene teléfonos celulares con filmadora –explicó Ferraresi, apoyado por los cabeceos de asentimiento del Ñiño Ramírez. No sabía, pero lo imaginaba: muchas, cientos de miles. No me sirve de consuelo. ¿Habrá algo que lo haga? Dicen que no hay mal que por bien no venga. Y como cualquiera, [&#8230;] <a class="more-link" href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/02/06/40-rumbo-a-la-fama/">&#8595; Read the rest of this entry...</a><p><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/02/06/40-rumbo-a-la-fama/" rel="bookmark" title="Link to 40 &#8211; Rumbo a la fama"><img width="150" height="150" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/02/rumbo-a-la-fama-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="rumbo-a-la-fama" title="rumbo-a-la-fama" /></a></p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<span class="image-rss"><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/02/06/40-rumbo-a-la-fama/"><img title="40 &#8211; Rumbo a la fama" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/02/bici_i.jpg" alt="40 &#8211; Rumbo a la fama" width="200" height="200" /></a></span><br/>–No sabés la cantidad de gente que tiene teléfonos celulares con filmadora –explicó Ferraresi, apoyado por los cabeceos de asentimiento del Ñiño Ramírez.

No sabía, pero lo imaginaba: muchas, cientos de miles.
No me sirve de consuelo.
¿Habrá algo que lo haga?

Dicen que no hay mal que por bien no venga. Y como cualquiera, yo también lo repito dándomelas de filósofo existencial, de chamán indio o de monje budista. Usted se pone serio, alza las cejas y se echa para atrás: “No hay mal que por bien no venga”, y los demás asienten, como si usted fuera Kant y ellos Heidegger.

Confieso que no estoy muy seguro de qué significa: ¿que lo malo trae buenas consecuencias? ¿o que lo bueno se termina inevitablemente convirtiendo en desgracia?

Por experiencia, me inclino por esta última posibilidad, pero lo más probable es que, como tantos aforismos, no sea más que una solemne pavada del estilo “No somos nada”, “Los últimos serán los primeros”, “La felicidad está a la vuelta de la esquina”, “Los que sufren son los que quedan” o la ya más patética “Ahora que somos menos vamos a estar más unidos”.

Sepan que lo malo nunca trae buenas consecuencias y aunque de lo bueno suelen provenir grandes desgracias, lo indudable es que lo malo deriva en cosas peores, que lo que empieza mal termina peor o, dicho de otro modo, que no hay mal que por mal no venga.<span id="more-1112"></span>

<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/01/30/39-por-culpa-del-aumento/"><img class="alignleft size-full wp-image-1123" title="bici_i" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/02/bici_i.jpg" alt="" width="150" height="150" /></a>¿O ustedes creen que alguna cosa buena podía haber resultado de <a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/01/30/39-por-culpa-del-aumento/" target="_blank">estrellarme con la bicicleta</a> contra la casa rodante de mi suegro?

Mi suegro tiene otra filosofía. Además, a él no le dolía nada.

–Tenía que cambiar los acrílicos de estas luces –dijo a uno de los enfermeros que me subían a la ambulancia– porque iban a terminar parándome en la ruta. No hay mal que por bien no venga –filosofó.

–Seguro –contestó el enfermero mientras cerraba la puerta trasera, treinta segundos antes de que yo empezara a los gritos: distraído por mi suegro, el enfermero había olvidado fijar la camilla.

Era otro optimista:

–Menos mal que todavía no habíamos empezado a hacer sonar la sirena –dijo–. Si no te oíamos, imaginate… Si ni siquiera te até a la camilla.

Me sujetó con unas correas, como a los locos y exclamó:

–Mirá si te lastimabas.

El chofer hizo coro a sus carcajadas y yo seguí sintiéndome muy desdichado. Apenas recuperé el conocimiento, de espaldas sobre el pavimento, comprobé que no podía mover una pierna, tenía muy dolorido todo el cuerpo –que se iba gradualmente cubriendo de moretones–, el labio y una ceja partidas, de la que manaba bastante sangre, la suficiente como para formar un pequeño charco a mi alrededor. Noté además que llevaba un diente menos, raspones en las rodillas, brazos y codos. Había perdido una zapatilla y un enorme chichón iba surgiendo en medio de mi frente y, como comprobé poco después, mi nariz ya no se adelantaba airosa al resto de mi cara sino que como la de un viejo boxeador tras una larga y desafortunada campaña, se había aplastado hacia la izquierda.

Lo comprobé cuando apenas llegamos al hospital, atravesamos a toda velocidad la sala de espera despertando la morbosa curiosidad de pacientes, sufrientes y acompañantes, cruzamos una puerta de doble hoja y entramos en la guardia. La doctora de guardia –¡la misma <a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2011/08/15/17-como-jacinto-benavente/" target="_blank">petisa autoritaria</a> que me había atendido hacía unos meses!, que por suerte no me reconoció–, con el aire juguetón de quien pellizca un cachete a un niño aferró la punta de mi nariz, dijo “A ver qué tenemos acá” y pegó tirón tan violento que volví a ver estrellitas y, lo que es peor, la expresión asombrada de <a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/01/23/38-la-caida-del-idolo/" target="_blank">Lucrecia </a>detrás de la ventanilla del motorhome de mi suegro.

Había sido una alucinación, sin duda, porque ¿qué podía haber estado haciendo mi suegro con Lucrecia en su motorhome. No sólo por una cuestión de tamaño –era de por sí arduo imaginar el enorme cuerpo de Lucrecia dentro <img class="alignright size-full wp-image-1126" title="lucre_d" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/02/lucre_d.jpg" alt="" width="163" height="163" />de ese estrecho espacio, ocupado en gran parte por el placard y el mueble de herramientas–, sino porque… Ustedes saben: al fin de cuentas mi suegro es mi suegro, y aunque no es un monstruo cualquiera, sigue siendo mi suegro. Y uno no espera que su suegro…

Bien mirado, desde el mismo instante en que lo conocí, esperé cualquier cosa de él y cuánto más lo pensaba, más seguro estaba de que había dejado flojo el asiento de la bicicleta con toda intención.

–Lo hizo a propósito –seguía murmurando cuando llegamos al hospital. Y eso mismo grité cuando la médica me hizo ver las estrellitas multicolores.

–Sí –dijo ella–, pero se la arreglé. Ahora casi parece una persona.

–Hablaba de mi suegro. Me aflojó el asiento a propósito.

–Bueno, quédese tranquilo y descanse. Ya viene la enfermera a prepararlo.

¿A prepararme? ¿Para qué? ¿Qué iban a hacerme? No una enema…

–Doctora –dije a sus espaldas– ¿no se habrá confundido? Mire que yo choqué con la bici…

Asintió sin volverse y salió por una puerta vaivén.

Esperé impaciente, devorado por la ansiedad, no muy seguro de tener fuerzas para resistirme a una enema y, finalmente, aterrorizado ante la posibilidad de que quien me preparara no fuera una enfermera sino… ¿cómo se llamaba? ¿Rafa?

<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/08/El-Rafa.jpg"><img class="alignleft size-thumbnail wp-image-489" title="El Rafa" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/08/El-Rafa-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" /></a>De haberme dejado llevar por los lugares comunes y creído que el día podía mejorar, me habría equivocado completamente. El Rafa se corporizó a mi lado como una versión de Lucrecia apta para todo público. Su pelo ya no estaba teñido de rubio sino de un rojo intenso y tornasolado que, dependiendo de la luz, por momentos viraba al fucsia, mientras su chaqueta parecía haber encogido y se ceñía al cuerpo de un modo aún más pronunciado que en la oportunidad anterior. Sus musculosos pectorales, los bíceps trabajados en horas de gimnasio, el antebrazo tatuado con dos corazones entrelazados, el arito en el lóbulo de la oreja y las grandes manos rematadas en dedos del tamaño y aspecto de miembros masculinos, eran exacta e inquietantemente los mismos.

–¿Nos conocemos de algún lado? –preguntó, mientras me colocaba en el brazo el aparato para tomar la presión.

–De acá mismo –me apuré a contestar.

–Ya me parecía –suspiró– ¿Y también tenías la presión tan alta?

Asentí.

–Pero esta vez tuve un accidente.

–Me doy cuenta.

Lo miré con rencor, pero en su rostro no había ni asomo de una sonrisa.

–Me duele todo.

Volvió a asentir. Fue hacia un mueble y regresó con una bata color verde.

–¿Podrás ponértela solo?<img class="alignright size-thumbnail wp-image-884" title="detalle monti" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2011/11/detalle-monti-150x150.jpg" alt="" width="150" height="150" />

–¿Para qué me voy a poner eso? ¿Me van a dejar adentro? Si todavía…

El Rafa no contestó y empezó a desprender los botones de mi camisa. No le costó mucho quitármela. Con los pantalones ya fue distinto, pero haciendo un esfuerzo pude alzar mi cadera y salieron con facilidad.

–¿Te podés sacar los calzoncillos solo?

–¡Sí!

Ni con todos los huesos quebrados iba a dejar que el Rafa me los sacara, aunque lamento decir que tuvo que ayudarme a deslizarlos por las piernas.

–Ahora te ponemos la bata.

Como me temía, era una de esas siniestras prendas que lo cubren a uno de frente y me gustaría saber para qué, pues la espalda, por así decirlo, queda completamente a la vista. Pero en ese momento lo agradecí, ya que había tapado mi desnudez sin ningún esfuerzo, más que el de alzar los brazos.

El Rafa arrimó mi camilla a una cama.

–Ahora te vamos a pasar –dijo–. Colocá en la cama tu pierna izquierda.

Estiré la pierna izquierda y apoyé el talón en la cama. Fue ese el momento en que el estrépito de una sirena anunciaba la llegada de una ambulancia, seguida casi inmediatamente por otra.

Una voz femenina gritó detrás de mí:

–Vení. Es una emergencia.

La enfermera pasó a mi lado velozmente, hacia la puerta de doble hoja que estaba a mis pies.

El Rafa se enderezó.

–Disculpame, ya vengo –pero antes de correr pareció pensarlo mejor–. Tratá de pasar solo, porque vamos a necesitar la camilla.

Escuché la sirena de una tercera ambulancia. Debía haber ocurrido un accidente muy grave. Tenía que dejar libre la camilla lo antes posible.

No sé si alguno de ustedes tuvo alguna vez que pasar a una cama desde una camilla, artefacto cuyas dos principales características son la ligereza de peso y las rueditas. Les garanto que no es fácil, ni siquiera con ayuda. Y resulta completamente imposible hacerlo en posición decúbito dorsal, ya que lo más probable es que en cuanto usted haga el esfuerzo final, la camilla ruede y, en el mejor de los casos quede usted colgando, si acaso consiguió aferrarse a la sábana de la cama.

Comencé, por lo tanto, a regresar mi pie izquierdo a la camilla y realizando un enorme esfuerzo giré sobre mí mismo hasta quedar acostado boca abajo. Cientos de miles de pequeñas agujitas se clavaron en todo mi cuerpo y vi más estrellas que en el Planetario. Una vez hecho esto, traté de cubrirme el trasero pero, un poco debido al dolor que paralizaba mi brazo izquierdo, otro porque no soy contorsionista y bastante por culpa de la perfidia de quien haya diseñado esas prendas del diablo, no me fue posible atar las cintitas que unen la bata a la altura de la mitad de la espalda. Sí conseguí –magro consuelo– prender las del cuello.

Será magro, pues no le cubre a uno absolutamente nada de lo que le interesa cubrir, pero de no ser por esas cintitas, apenas me incorporara sobre mis manos, la bata caería dejándome completamente desnudo y no, como quedaría ahora, <em>casi</em> completamente desnudo.

Estaba boca abajo, ya les dije. Pasé entonces mi pierna derecha hacia la cama.

“¿Y ahora?”, pensé.

No iba a poder reptar como un gusano, que por algo será que no reptan en forma lateral. Ni el gusano ni el bicho humano pueden reptar lateralmente: a lo sumo, ruedan. Y si me proponía rodar hacia la cama, era seguro que en el camino la camilla saldría disparada hacia un costado y acabaría en el piso, con otro golpazo.

Regresé entonces mi pierna y haciendo otro descomunal esfuerzo, alcancé a ponerme en cuatro patas. Descansé en esa posición unos minutos, tratando de recuperar el aliento y me decidí. Llevé hacia la cama mi mano derecha. Si mantenía la izquierda sobre la camilla sería posible impedir que ésta rodara.

“Bien”, me dije.

Pasé entonces, algo aparatosamente, lo admito, mi pierna derecha a la cama, siempre apoyada en la rodilla. Estaba un poco en cada lado, pero era conciente de no haber conseguido mucho: faltaba la parte más difícil: pasar el resto del cuerpo sin irme de cabeza al piso.

Solté mi mano izquierda y con toda la velocidad que me permitían el dolor y las magulladuras, la llevé hasta la cama. La camilla amagó moverse, pero la sujeté con mi rodilla izquierda.

“Bien, muy bien”.

Permanecí así otro buen rato, con una rodilla en cada lado y finalmente me decidí. Llevé mi pierna izquierda hacia la cama y, mientras la camilla salía disparada hacia un costado, advertí que mi rodilla derecha se encontraba muy cerca del borde: no tendría dónde apoyar la izquierda. El impulso de mi pierna izquierda, que no podía apoyarse en ningún lado, me llevó a girar el cuerpo y si bien por poco no caigo de la cama por el otro lado, quedé finalmente tendido de espaldas. Cerré los ojos y suspiré profundamente. Fue entonces que escuché los aplausos.

Me incorporé, sobresaltado, y a mis pies alcancé a ver la puerta de doble hoja que comunicaba con la sala de espera: había quedado abierta de par en par. Más allá, mi suegro aplaudía.

–¡Otra! ¡Otra! –gritaba.

Varias mujeres le hacían coro, muy divertidas. Otras no conseguían evitar una expresión de horror y me pareció que alguna se había desmayado. Una de ellas me miraba a través de su teléfono celular.

–No sabés la cantidad de gente que tiene teléfonos celulares con filmadora –dijo Ferraresi.

El Niño Ramírez asintió.

–Usted se va a hacer famoso, señor Monti.

–La estrella porno de la Internet –afirmó Ferraresi–. Pero no te preocupes: fijate que colocaron un cuadradito negro que tapa lo que te…

–Pero igual a usted se lo ve clarito, clarito –me consoló el Niño Ramírez.
<a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/02/footer1.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-1134" title="footer" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/02/footer1.jpg" alt="" width="350" height="219" /></a><p><a href="http://seccionimposible.telam.com.ar/2012/02/06/40-rumbo-a-la-fama/" rel="bookmark" title="Link to 40 &#8211; Rumbo a la fama"><img width="150" height="150" src="http://seccionimposible.telam.com.ar/wp-content/uploads/2012/02/rumbo-a-la-fama-150x150.jpg" class="attachment-thumbnail wp-post-image" alt="rumbo-a-la-fama" title="rumbo-a-la-fama" /></a></p>]]></content:encoded>
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